lunes, mayo 15, 2006

Madre, sólo hay una

Me fui al terruñito yo solito esta vez. A pesar de mis intentos, la blanqui no trató de convencer a su madre de que se vaya nomás de viaje. Al llegar, recordé que allá, el día de la madre no lo debo celebrar en pareja, sino con las personas que me vieron crecer hasta convertirme en el amargado consuetudinario que ahora soy: me refiero a los vecinos y panas de chupa.

El sábado, después de almorzar, fuimos a comprar el regalo del día de la madre. Nada mejor que una lavadora (para que no olviden su rol en esta sociedad), pero en vista de que aparentemente nos sale $100 más cara que en Guayaquil, la compra quedó para el martes. Ya no será regalo de la madre. Pero afortunadamente encontré un regalo mucho mejor que la lavadora para quedar con la conciencia limpia en este día de la madre. Le regalé lo que toda madre estuvo esperando en ese día especial.

A eso de las 14:00 estaban ya instalados en la tradicional esquina de marquiño. Como los años sí pasan en vano, ya murió el tradicional campeonato interclubes de indoor “Tu Madre”, en el que el campeón se llevaba 3 jabas de cerveza.

Para ahorrar trámite, cada equipo compró su jaba de cerveza, declaramos final de campeonato y empate técnico antes de elegir a la madrina más buena.
(ganadora del 2004)

A eso de las 21:00 llegué a comer, ponerme bonito y salir de nuevo a dar las tradicionales serenatas, que obviamente incluían una gira internacional por los huequitos típicos del terruñito. En ese punto nos desbandamos: algunos quisieron hacer escala en los chongos, y se alejaron de nosotros, el grupo de los mandarinas.

Como a las 07:00 tocó el turno de darle serenata a la autora de mis días, así que llegamos pitando con dos cuadras de antelación (para asegurarnos de que se despertara). Como ya los guitarristas habían berreado el repertorio, lo único que aceptaron tocar fue “resumiendo”, de Sabina (como mi madre escucha esa canción cada vez que voy al terruñito, pensó que mi voz de tarro era a propósito).

Estoy casi seguro de haber tratado de cantar algo de jarabe de palo, y en mi cámara encontré esta foto:

Pero la verdad es que no recuerdo nada, sólo haber regresado como a las 10:00 a la casa preguntando por las cinco botellas de whisky que tenía escondidas para celebrar este día tan especial. Mi madre dijo que habían llegado sus amigas y hermanas a celebrar, y que habían dejado apenas dos botellas.

Busqué en la cava, y muy decepcionado me fui nomás mientras rezongaba:

Madre, sólo hay una



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