Publicado en revista Mundo Diners 16.08.2025
lunes, junio 01, 2026
Guayaquil otaku: de la radio al Budokan
miércoles, agosto 20, 2025
Mafalda: no a la sopa, sí al encebollado
Mafalda llegó a Guayaquil entre aplausos, risas y calor, acompañada por algunos de sus lectores más fieles y de la mano del escultor Pablo Irrgang. En plena esquina de 9 de Octubre y Escobedo, se incorpora a la historia de ese pedacito de la ciudad por donde pasaban tranvías, canillitas, comerciantes, opiómanos y personajes de ficción.
No es cualquier esquina. De la 9 de Octubre no se puede escribir nada que no se sepa ya. Pero la calle Escobedo es una esponja de la memoria en el mapa urbano de Guayaquil con una historia poco difundida. Fue conocida originalmente como la de los Trapitos porque allí se vendían telas, y con el tiempo, pasó a ser la Calle Maldita por culpa de los fumaderos de opio, a los que llegó el mismísimo Medardo Ángel Silva, tapiñado con su alias Jean d’Agréve, para contar ese submundo:
“El corredor es largo y oscuro. Huele a humedad, a tumba. Sobre las cabezas de los visitantes hilan sus telas frágiles las arañas silenciosas. Se oye el caer pesado de las cucarachas y el ruido áspero con que rasguñan las paredes.”
Pero Medardo no fue el único escritor en retratar la vida de esas calles. También deambularon por ahí Francisco Pérez Febres-Cordero y Jorge Martillo Monserrate, para luego inmortalizar una ciudad que se cae a pedazos, dejando en pie joyas patrimoniales como el edificio de El Universo. Y en la ficción, deambuló Octavio Ramírez, el hombre muerto a puntapiés en el cuento de Pablo Palacio.
La Mafalda de Pablo Irrgang
Pablo Irrgang se convirtió en el escultor oficial de Mafalda por casualidad, por una funcionaria que lo recomendó ante los vecinos del edificio donde vivía Quino. Pablo propuso hacer el diseño que conocemos y a Quino le encantó. Luego llevaron una Mafalda a Oviedo, cuando el autor recibió el premio Príncipe de Asturias, y ante la broma interna de llevar a Mafalda a todo el mundo, las invitaciones siguieron llegando.
A Pablo le encanta tener a Mafalda junto a un edificio patrimonial , inaugurado en 1924 por la Gran Logia Masónica del Ecuador, pero que luego funcionó como peluquería y restaurante y terminó convertida en la sede de Diario El Universo. Justo en esta esquina se asolea Mafalda desde el 25 de julio. No llegó a cortarse el pelo ni a tomar sopa, pero quién sabe. Como en otras ciudades de España, Argentina, Venezuela y Perú, descansa en una banca esperando turistas que quieran compartir con ella.
A pocos metros está la estatua del bombero, otra presencia instagrameable del sector. Puede que un día Mafalda se gradúe de guayaca y recorra la ciudad entre comerciantes informales, estudiantes y canillitas, buscando la sombra de los soportales mientras le pide a la madrina la única sopa que se va a convertir en su favorita: un buen encebollado con harto chifle.
Pero hoy, Mafalda es la niña que no se traga ni la sopa ni las mentiras. Sentarla ahí es un gesto político, poético y casi provocador. Ella, sin decir nada, observa el pasado masón, el presente trending, los incendios de antes y los de ahora. El humo viejo. El opio nuevo. El calor que descompone todo, incluso los discursos oficiales.
Mafalda se sienta ahí, sí, pero no para quedarse callada. Ella, como Martillo, como Artieda, como Silva, como Palacio, vendrá a decir lo que no se quiere decir. A mirar desde abajo para incomodar a los de arriba. A compartir su interés por la justicia con el investigador del cuento de Palacio:
—¿Y si en vez de estatuas, ponen escuelas, che?
—¡Ya cállate, niña, que aquí no es Argentina!
—¿Es que el mundo está mal repartido, viste? ¿Y si lo arreglamos desde esta esquina?
Mientras tanto, la sirena sonará como cada mediodía, marcando el minuto exacto en que Guayaquil se detiene a respirar, pensar y seguir sudando. Y allí estará ella con su mirada fija para sacarnos una sonrisa desde el fondo de la amargura. Una niña bacana que llegó a Guayaquil a recordarnos que todavía podemos preguntar. Que todavía podemos decir: esta sopa no me gusta, ñaño.
Un recorrido por los clubes de lectura en Guayaquil
En el Puerto Principal siempre han existido varias cofradías de 'viajeros y viajeras interdimensionales' que cada tanto dejan sus actividades diarias, evaden el calor de estas tierras y exploran nuevos mundos. Todo mientras disfrutan una copa de vino o una taza de café. Bienvenidos a un recorrido por los clubes de lectura de Guayaquil.
Despegue en 5…4…3…
Guayaquil, aunque no lo parezca a simple vista, está llena de pasadizos hacia otras realidades. Mundos donde no hay escotillas escondidas, solo mensajes de whatsapp y publicaciones en redes sociales que funcionan como botellas lanzadas al mar. La moda no es nueva. El primer club de lectura guayaco nació en 1970, con encuentros pactados mediante teléfono o boca a boca, pero el éxito fue tal que se multiplicaron por todos lados, especialmente en las facultades de literatura. La vida para estas cofradías de lectores suelen ser ajetreados: un día pueden preparan recetas inolvidables en un pequeño restaurante de Kioto junto al escritor japonés Hisashi Kashiwai, en otro se encuentran cara a cara con el clown del autor guayaquileño Jorge Velasco Mackenzie, y otro esperan su turno para que la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich les muestre paisajes olvidados de Chernóbil. Por un lado están las iniciativas particulares, que iniciaron esta fiebre en 1970 y llevaron a la variedad que tenemos hoy.
Livina Santos, que coescribió una tesis sobre clubes de lectura, ha coordinado talleres de lectura en los que prioriza lo teórico. Sus asistentes han llegado a ser agentes multiplicadores. “Hay una tendencia a decir que los jóvenes no leen por culpa de las redes sociales, pero hay muchas personas que lo hacen, aunque las editoriales digan que no.
La lectura nunca fue una actividad multitudinaria, pero estamos entrando en un incremento de lectores y difusores literarios gracias a las redes sociales y la disponibilidad de libros digitales”, comenta mientras recuerda a ex talleristas que ahora coordinan sus propias tripulaciones, y a más viajeros esperando en cada puerto.
Lectulandia
En la misma onda están iniciativas como Palabralab, donde Adelaida Jaramillo y su tripulación tienen la misión “geoliteraria” de leer autoras y autores de todos los continentes. Estas lecturas se complementan con salidas “mataperreos”, porque un libro -dice Jaramillo- no termina en la última página y se expande a museos y escenarios. Leer, en su club, es una práctica política, afectiva y radical: una forma de estar en el mundo con más empatía y menos indiferencia.
En otro rincón de este multiverso, Pilar Calderón lleva más de 25 años con el Club de lectura 2000, Club Millenium, Club de libro, Capítulo 8 y Club Naranjas. Sus compañeras de viaje tienen entre 50 y 70 años, y luchan contra los clásicos, se complican un poquito con los libros en Kindle y celebran las historias que más las conmueven en el papel.
En los mismos horizontes se puede ver al club Denudosueltos, facilitado por María Leonor Baquerizo. Cada reunión es un intercambio entretenido sobre técnica narrativa, estructura, personajes y emoción pura. De vez en cuando María Leonor tiene sorpresas, como cuando leyeron Rapsodia en seco y teletransportaron a la mismísima Sonia Manzano para departir. Sí, una autora viva apareció en la dimensión del club. Un encuentro entre mundos. Un lujo literario.
Por otro lado están las iniciativas institucionales, como el Club de lectura del MAAC en el que comparten textos, contextos, análisis de películas y hasta trivias para ver quién recuerda más detalles. En el caso de autoras como la Nobel Alice Munro, puede ser todo un reto.
Por su parte, los intrépidos “Ratones de biblioteca”, que tienen como meta navegar cada libro de la Biblioteca de las Artes. Terminan cada jornada con ejercicios de creación de microcuentos o poemas. Se van a expandir con el podcast “Puerto de luna” en Radio Uartes y les interesa organizar eventos literarios.
Por su parte, la Universidad Politécnica Salesiana cuenta con un proceso de lectoescritura iniciativa del poeta y docente Augusto Rodríguez, que incluye publicación y asistencia a recitales, ferias y festivales. Se diferencian de los demás en que trabajan mucho la poesía de referentes como Siomara España y Andrea Rojas Vásquez.
La mayoría de sus viajes no tienen trama, pero sí ritmo y metáfora. Para los más peques, la Biblioteca de las Artes tiene a los Exploradores de Cuentos, que con cuentos en cubos, rondas, disfraces y elaboración de manualidades, lograron que los viajes interdimensionales comiencen antes de aprender a escribir y sin sacar pasaporte.
Apuntes para la bitácora
¿Qué tienen en común estos clubes tan distintos? Que en todos ellos ocurre lo mismo: una contadora, un estudiante o una jefa de hogar entran a la reunión con la cabeza llena de pendientes, preocupaciones, facturas o soledad… y sale de allí convertida. No porque haya escapado de su vida, sino porque ha aprendido a mirarla desde otro ángulo, como si su propia historia también pudiera ser leída.
Para la gente que frecuenta estos espacios, un club de lectura no es un examen ni un salón académico. Es, una nave, una fiesta, un refugio y un ejercicio de imaginación colectiva. Es un lugar -dicen- donde se puede llorar con un poema, reír con una escena absurda o enojarse con un personaje (y decirlo en voz alta). Un lugar donde las páginas se cruzan con las vidas.
Así que si está leyendo esto y hace tiempo no cruza un portal, tal vez sea hora de volver a abrir un libro, pero no en soledad. La próxima vez que vea un grupo de lectoras y lectores alrededor de una mesa, recuerda que están viajando muy lejos. Y quién sabe… quizás te están esperando.
Gatocracia cultural a lo guayaco
Los espacios culturales de Guayaquil tienen gatos encerrados. Llegaron sin ruido y con la promesa de no irse jamás. Se rumora que la gatocracia cultural es una cofradía secreta que busca dominar la ciudad mediante el arte.
martes, septiembre 12, 2023
Alizée
Alizée observa el lienzo consumirse en las llamas afuera de la casa. Voltea a mirar a Bernard, que entra, cierra la puerta y le grita que vaya por leña. Quiere que el lienzo quede reducido a cenizas, aunque ya no hay nada que salvar. Alizée mira el rincón de la leña. No hay. Cómo va a haber, si aún no la necesitan. Avanza desganada hacia el olivar, a ver si encuentra suficientes ramas en el camino.lunes, agosto 14, 2023
Abadía vieja
Almudena hace un tapenade de sabor algo terroso, pero agradable, desde que era bebé. No es una chef cualquiera. Al pulsar las cuerdas de una guitarra, la comida aparece en el plato por arte de magia. Cuando la abuela le enseñó a entonar una melodía muy antigua, las ondas sonoras hicieron aparecer una deliciosa paella de setas y olivas, que es la sensación en Abadía vieja, el restaurante familiar al pie de la Autovía del Sur.
Almudena no domina el instrumento porque le aburre ensayar y prefiere ver Tik Toks. Padre quiere enviarla al Conservatorio Superior para que aprenda más canciones y perfeccione su técnica. Planea abrir una cadena de restaurantes con recetas de bajo costo y altas ganancias. Madre está ahorrando para que la nena viaje a Barcelona y cumpla su anhelo de ser maestra. Sabe que el don no durará mucho. Ella también lo tenía, hasta que se enamoró.martes, julio 25, 2023
Arslanbob
La misión, y se dio el caso de que decidí aceptarla, es viajar a Kirgystán y buscar al Lince en Arslanbob, un bosque de nogales que existe desde hace 50 millones de años. Para eso, debo tomar la ruta asiática. El nuevo virus hace imposible poner un pie en lo que queda de Europa. Tampoco puedo pasar por el sur debido a los bombardeos; ni por China, por el bloqueo; y como sabemos, la radiación hace imposible sobrevolar Kazakhstan. La única forma es sobrevolar el océano Índico, alcanzar Kuwait y sobornar desde allí a las autoridades de todos los países que quedan en el camino, tratando de no llamar la atención de algún espía desocupado o un xenófobo de esos que pululan las embajadas.
La Compañía me dio el avión de emergencias y eso me tiene tranquilo porque si hay otro pulso electromagnético podré aterrizar o amarizar y sobrevivir una semana. Tenemos casas de seguridad a lo largo de todo el camino en caso de que pierda el efectivo y los diamantes. El problema es que debo ir sin guardaespaldas para evitar sospechas, como si los enemigos del jefe no supieran ya hasta cuál es mi peli favorita. Podré conseguir armas y si todo se desbanda, tengo permiso para contratar mercenarios, pero no creo que lleguemos a eso porque hay entregas mucho más grandes en ese lado del mundo. El centro de Asia siempre ha sido caótico en su anonimato, pero desde que cayó Europa, se convirtió en un mercado de pueblo que mueve miles de millones, y la cuarta parte de los que van en misiones parecidas a la mía terminan en alguna alcantarilla.
No queda más que tener actitud positiva y pensar en el bono que me espera si regreso. ¿Qué podría salir mal? Un viaje al país que solo yo conocía en la oficina antes del gran apagón, desempolvar mi uzbeko, hartarme de plov en alguna cabaña, entregar el archivo, confirmar que se hace la transferencia y volver. Ni siquiera tengo esperanzas de jugar a la guerra fría como en mi viaje anterior. Qué va, si todos los de esa leva, si viven, han de estar seniles. Tal vez busque a la traductora de la embajada. Seguramente se dedica a dar clases o es dependiente de algún café y está más hermosa que antes.
Para evitar pensamientos negativos, me drogo hasta pasar el océano. Llego a Kuwait, contacto a los embajadores de los países que me quedan en el camino, los invito a cenar, aunque solo me siento frente a ellos, les entrego el sobre con diamantes y les muestro el papel que deben sellar. Ni siquiera me saludan —Ya no hacen los encuentros de sobornos como antes— Aterrizo en el único aeropuerto privado de Arslanbob, me llevan al hotel, que viene incluido en el pago por aterrizar y duermo hasta el día siguiente. El Lince no aparece. Voy al bosque a ver cómo recolectan las nueces, me pierdo junto a una “turista” inglesa que seguramente fue a entregar armas o libros. Cenamos y nos despedimos porque ella quiere ir a un rave. Me excuso diciendo que no tengo presupuesto para fiestas, pero el hecho es que ya no tengo edad para eso, mucho menos con una nena que parece adolescente y seguramente lo es. Una contrabandista que se acercó a mí para ver si valía la pena desvalijarme.
A la mañana siguiente, El Lince aparece. Le entrego el archivo: un paquete que pesa casi tres kilos. No sé qué es. El Lince chequea cada ranura, pide un teléfono en recepción, confirma que su contacto ha hecho la transferencia y me da el número del proceso. Yo aguardo en silencio, devorando plov hasta recibir la llamada de La Compañía, sonrío cuando me dicen que todo está bien y me despido sin decir una sola palabra. Una hora ha demorado el trámite, tiempo suficiente para que todos sepan que estamos allí, así que no me sorprende escuchar disparos justo cuando logro entrar al banco a depositar el dinero, acompañado por seis guardaespaldas del hotel, tipos mal encarados, mal vestidos, mal pagados, pero profesionales. Uno de ellos dice “Lynx” y en cuanto entro al banco, se va junto a sus compañeros al sitio del que surgen los tiros. Después de almorzar, compro suficiente plov para todo el viaje de regreso, no importa que el avión termine apestando. En el aeropuerto, el dinero espera seguro y empaquetado. Vuelvo sin novedad. Al día siguiente, llego a la oficina, marco la tarjeta, me siento en mi cubículo y me quedo durante el resto del día, durante el resto de mi vida, revisando datos. Miles de números que para mí no significan nada, cotejados en las ranuras de centenares de tarjetas plásticas. Ojalá a nadie se le ocurra inventar el internet.
miércoles, junio 21, 2023
Nacieron, jugaron, crecieron. Y siguen jugando
Publicado en revista Mundo Diners, mayo de 2023
Los eSports, como se conoce a los deportes que se practican usando consolas de videojuegos, son bastante más serios de lo que parecen. Hace mucho rato ya pasaron de la categoría de las aficiones a la de las ocupaciones profesionales.
Casi todos los domingos, miles de ecuatorianos van al estadio, pagan a una operadora de cable o están pendientes de los resultados del fútbol, el deporte rey. Al mismo tiempo hay miles de personas jugando en línea y muchas más viendo esos juegos a través de plataformas como Twitch, que tiene más de quince millones de canales, más de 31 millones de horas de transmisión mensual y un crecimiento anual del 26 % en todo el mundo.
Según la página web oficial de Twitch, en este momento, hay más de dos millones y medio de personas viendo alguna transmisión en línea. El mercado es tan atractivo, que YouTube y Facebook adaptaron sus plataformas para generar más interés de gamers y llevarse parte de los usuarios. A nivel mundial son millones de espectadores a quienes no les importa si el equipo es ecuatoriano o alemán, solo les interesa ver un juego habilidoso. Y se espera que la audiencia supere los 1400 millones de conectados en 2025.
El primer torneo considerado de eSports fue de Spacewar! y se llevó a cabo en la Universidad de Stanford en 1972. Desde entonces, se multiplicaron los campeonatos y se incrementaron los premios, pasando de una suscripción a la revista Rolling Stone a millonarias cifras para los ganadores. La mayor liga es la alemana Electronic Sports League (ESL) y está vigente desde el año 2000. En este medio siglo de torneos, el mundo ha cambiado, la tecnología ha evolucionado a niveles insospechados y la industria se ha fortalecido sin perder la magia de los primeros días.
En 1980 se celebró la primera gran competición de un videojuego comercial: Space Invaders. Fue organizada y patrocinada por la compañía que comercializaba el juego Atari en su consola Atari 2600. El primer Space Invaders se bautizó como la Superbowl de Space Invaders.
A partir de la covid-19, los videojuegos se popularizaron en todos los segmentos económicos y en casi todas las edades, ampliando nichos como el de los deportistas profesionales. Esta industria tiene un valor de más de mil millones de dólares a nivel mundial, y sigue creciendo conforme se reducen los costos, mejora la conexión de Internet y la calidad del hardware. Mientras tanto, en el Ecuador, se gestan las condiciones para su profesionalización: hay que competir, armar equipos y enfrentar los estándares internacionales.
Comencemos por reunirnos
Uno de los hitos más grandes fue la creación de la Asociación Ecuatoriana de Deportes Electrónicos (AEDE), perteneciente a la Federación Global de Esports, la mayor a nivel mundial. Entre los eventos más importantes organizados por la AEDE está el torneo de Super Smash Bros. realizado en Quito, donde se selecciona a los mejores nacionales para que asistan a los juegos de Asunción y para los de Turquía.
Para su presidente, Juan Andrés Guzmán, lo más importante fue participar en los Juegos Panamericanos de Asunción, donde nuestro representante, Jimmy Barros, quedó en cuarto puesto. Para este año volveremos como deporte de exhibición a los Panamericanos de Santiago y se viene el Mundial de Arabia Saudita. Considera que el nivel del Ecuador es destacado: “En el mundial, de 125 instituciones, participaron dieciséis equipos y el Ecuador fue con Brasil y Surinam. Estuvimos cerca de obtener la medalla de bronce”, cuenta con orgullo.
Ser gamer es un juego serio; falta mucho en cuanto a presupuesto porque no hay respaldo estatal y hay poco apoyo privado, pero esperan obtenerlo cuando se den más resultados. Mientras tanto tienen competiciones con diferentes niveles para detectar a los mejores gamers del país. Para 2023 se vienen los Panamericanos en Santiago y ya hay la ilusión de desfilar junto a las otras glorias del deporte.
También se vienen los Global Sports Games en Arabia Saudita, y para entonces esperan destacarse también en la categoría mujeres. Juan Andrés propone vacacionales de eSports para masificar este deporte y también la formación de academias y actividades extracurriculares, pero en este aspecto todavía falta mucho. Una de las principales debilidades es el tema de internet, ya que el Ecuador está conectado a los servidores de videojuegos de la Costa Este, y eso da una latencia que los pone en desventaja, sobre todo cuando compiten en ligas y torneos que tienen servidores en Latinoamérica.
Spacewar! es uno de los primeros videojuegos de la historia, surgió en el MIT gracias a alumnos autodidactas que tenían a su alcance los primeros computadores que llegaban al mercado. Spacewar, desarrollado entre 1961 y 1962 para la computadora PDP-1 Digital Equipment Corporation.
Uno de los equipos destacados es SkullCracker, un clan surgido en Guayaquil en 2019, cuando Larry Jiménez y Byron Salinas se unieron para profesionalizarse y convocaron a Fawel Jarrín y al youtuber @Raptorgamer. El clan creció, se destacó a nivel latinoamericano y mejora cada año. Están en el top 3 de equipos latinoamericanos en Valorant femenino y fueron el primer equipo ecuatoriano en tener una gaming house (residencia para jugadores) fuera del país.
Entre sus integrantes, SkullCracker tiene a Jeremy Villamar, ganador del Booyah Invitational y campeón de la Batalla de Naciones, y a Andrés Milán, representante de Dragon Ball FighterZ. Su equipo cuenta con creadores de contenido como Claudia Lascano y Diana Asencio. Además de destacarse en el juego, manejan contenido para popularizar los eSports, ayudar a internacionalizar a los jugadores más destacados y generar contactos con gamers de otros países. Fawel Jarrín, director de Operaciones y Marketing, comenta que sus metas para 2023 son establecer nuevas marcas para su escuadra de League of Legends y para su equipo femenino de Valorant (esto es, en español, subir de categoría).
Fawel comenta que en 2019 había dos equipos que se sustentaban como empresas en el país, ahora podrían ser diez, además de los cincuenta equipos amateurs o semiprofesionales que están en el mismo camino. Hay también hay muchos jugadores con un buen nivel y muchos más con potencial para profesionalizarse, pero no se atreven a dar el salto. Otros sencillamente no saben cómo. Una computadora básica puede costar desde 800 dólares, y en la mayoría de los casos hay que adquirir los videojuegos, encontrar equipo, entrenador y cultivar habilidades como disciplina, buena actitud y comunicación, explica Fawel.
Parte del equipo SkullCracker. Izq a der: Byron Salinas, Fawel Jarrín, Ricardo Puga, Andrés Milán, Arianna Banana, Gonzalo Coronel RaptorGamer.
Otro de los aspectos en que trabaja SkullCracker es la generación de contenidos para formar fanaticada. Saben que no sucederá de la noche a la mañana, pero ya aparecerán. Fawel cree que hacer la conexión con otros deportes permitiría un alcance mayor. También ayudará que los gamers ecuatorianos se destaquen en los grandes torneos mundiales: el Worlds de League of Legends, el Masters y Champions de Valorant, el Major Six de Rainbow Six Siege, el International de Dota 2, el Mundial de Gran Turismo 7, el Free Fire World Series y otros, de nombres más esotéricos y mayor exigencia.
Mujer en los eSports
Lissete Monroy. Juega Nintendo desde los tres años. Desde 2016 empezó a hacer streaming con amigos y en 2019 organizó su primer torneo de Smash con BroooTv. Fotografía: Instagram.
Lissete Monroy empezó a jugar Nintendo a los tres años, desde que su padre le regaló su primera consola. Nunca pensó que iba a ser gamer profesional, pero ahora es directora de relaciones en la AEDE. Desde 2016 empezó a hacer streaming con amigos y en 2019 organizó su primer torneo de Smash con BroooTv.
Durante la pandemia, los videojuegos cotizaron al alza y la industria creció más que el cine. Lissete pasó a SkullCracker y finalmente se dedicó a Tomoyo.ec. No fue fácil (empezando por el valor de una consola), pero ganó seguidores y promociona juegos de fighting. Con la AEDE tuvo una grata experiencia en Estambul, de donde tomó la idea de promover el juego Street Fighter para que el Ecuador internacionalice su nivel competitivo.
Le encanta ver la emoción del público en eventos de alto nivel. “Me he desarrollado también como streamer para comentar profesionalmente y sigo mejorando en ese aspecto. Como los videojuegos son una rama nueva, implica un gran esfuerzo capacitarse”. Su plan es llegar a ser representante femenina de Nintendo en el Ecuador, y así promover la inclusión de los videojuegos en un entorno más familiar, “si vemos el fútbol, es algo que se comparte con la familia, amigos y colegas. Necesitamos quitar el estigma de que los videojuegos son solo para niños”. Los videojuegos, dice Lissete, deben empezar a practicarse a una edad temprana, solo así podrán desarrollarse como un deporte profesional que a su vez capte grandes audiencias.
Los estigmas son dobles, te arrinconan por ser mujer, te asfixian por ser gamer. Lissete decide, entonces, “surfear la ola”, alejarse de quienes preferirían que se dedique a otra cosa y acercarse a los que, como ella, ven en esto una opción de vida y una carrera. De hecho, una de sus causas consiste en abogar por la creación y difusión de torneos exclusivamente femeninos, como ya existen en otras disciplinas. Así, con la misma formalidad, con la misma seriedad, es con la que se debe jugar si se pretende competir.
A pesar de que los videojuegos podrían parecer un tema de gente solitaria, los mejores resultados se dan cuando hay organización, cuando se unen gamers con intereses y metas comunes. Los resultados están a la vista, e incluso con poco apoyo estatal, los gamers se han destacado a nivel latinoamericano y mundial. Ese posicionamiento podría ser visto también como un megajuego de estrategia, en el que deben involucrarse gamers, dirigentes, sponsors, federaciones deportivas, audiencias, proveedores de hardware y servicios. Hay que jugarse todo por la profesionalización para no quedar fuera de esa industria que no hace más que crecer y crecer.
La vida es videojuego
Publicado en Revista Mundo Diners, 30 de diciembre de 2022
Antes, en el siglo apenas pasado, se miraba a los gamers como gente rara que gastaba demasiado tiempo sola y frente al televisor, conectada a la realidad de los videojuegos. Hoy son parte del reinado digital y cuando están jugando también están construyendo comunidad, ganando fama y divirtiéndose. Su venganza está consumada.




























