viernes, agosto 19, 2016

flâneur

El sol se filtra por la persiana del departamento y se refleja levemente en el celular. Acabo de despertar e inmediatamente me doy cuenta de que estoy retrasado. Es jueves, así que me alisto al apuro, desayuno algo y bajo corriendo. Al tratar de cruzar la calle, el semáforo me hace perder segundos valiosos que parecen minutos. Veo la luz verde y más allá, al fondo, otra vez el sol despuntando.

Subo las escaleras del malecón y me percato del movimiento habitual del personal de limpieza, los mismos rostros de gente que va a la universidad, de las sombras que me recuerdan que voy retrasado. A lo lejos diviso a la rubia que camina por acá siempre a la misma hora, aunque coincidimos poco debido a mis horarios. Me mira como esperando un gesto para sonreír. Veo su boca con la misma expectativa. Cruzamos de largo como siempre y ella voltea a verme, o eso espero que haga mientras sigo mi camino.

Más adelante veo a la señora que viene a trotar y dar de comer a los gatos. Los llama, pero no aparecen. Están dormidos, supongo. Ya quisiera tener la mañana libre. No para salir a caminar, sino para dormir un poco más. Pero hay que llegar a la universidad. La clase de economía es deprimente y me recuerda siempre que quienes hacen arte tienen mayores probabilidades de pasar penurias económicas.

En el río hay una canoa. Un tipo está revisando aparejos de pesca. No sé si son atarrayas para pescar o baldes para la captura de conchas en la playa. Probablemente realiza el mismo trabajo desde niño y está bien. Es su propio jefe, decide sus horarios y tiene menos gastos operativos que, digamos, el dueño de los dispensadores de balanceado que está del otro lado del malecón, cerca de la laguna de los patos, junto a un empleado. Mientras el dueño de la máquina dispensadora de balanceado saca las monedas con las que los turistas alimentan a los patos, del otro lado, el reflejo del sol en el agua pasa justo por la canoa.

Me detengo a tomar una foto para subirla a Instagram mientras recuerdo una canción de Pink Floyd. “The sun is the same in a relative way, but you’re older…”. Apuro el paso para recuperar los segundos que perdí tomando la foto mientras veo a un anciano caminar. Ya está jubilado, supongo. Camina para mantenerse en forma y porque no tiene nada mejor que hacer. Ha de estar acostumbrado a levantarse temprano y ahora debe buscar opciones.

Vuelvo a ver el río y desacelero el paso. Un ave, no sé si es una garza, trata de mantenerse en equilibrio en un madero. Posa sus patas y el madero empieza a girar. La escena es caricaturesca, pero otra vez me recuerda el equilibrio precario en que vivimos. La garza balanceándose en un madero mientras busca un pez desprevenido mientras yo voy a la clase para que el profesor me diga que hay que balancear las finanzas personales o vendrá la debacle económica.

He avanzado hasta la universidad sin percatarme en nada más por pensar en la vida del pintor, el poeta, el perfomer. Me pregunto si alguno de los que se dedican a la limpieza no se dedicarán en su tiempo libre a escribir canciones hip hop o hacer arte urbano. Pero hay que sobrevivir y deben trabajar en lo que haya. Allí mismo están los jubilados, las rubias buenotas que deben matar el tiempo hasta que les toque ir a la universidad. Las amas de casa desesperada que salen en grupo porque ya empiezan a sentir el peso de los años. Los trabajadores que salieron muy pronto de su casa y deben esperar a la hora de entrada a su trabajo.

Llego a la universidad. Volteo por última vez para ver las rejas del malecón a mis espaldas. Ya habrá tiempo para ir solo a caminar en las mañanas. Hoy volví a llegar tarde.
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