viernes, diciembre 22, 2006

La verdadera historia de papa noel

Mucho se ha hablado acerca del origen de la tradición navideña de gastar el decimotercer sueldo en regalos que nuestros hijos, esa sarta de desagradecidos, destruye antes del día de reyes. Se dice que papá Noel (aka santa claus) fue inventado por los creativos de la coca cola para asegurarse una navidad digna por parte de sus jefes que eran una sarta de negreros, o que hubo un monje en algún lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme (¿o era por Dinamarca?), que para recordar el nacimiento de Jesús, devolvía un pequeño porcentaje del dinero obtenido por concepto de diezmos, compra de indulgencias, perdón de excomuniones, bautizos a niños moros y otras extorsiones que no vienen al caso.

Lo que nadie quiere recordar por cuestión de conveniencias, es que en el siglo IV D.C. hubo un viejito pervertido llamado Nicholas Gaygunson, quien daba regalos a los niños pobres y se los llevaba luego a su casa para disfrazarlos con pantaloncillos apretados y sombreritos puntudos que tenían cascabeles para saber siempre dónde andaban.

Cuando el viejo abusaba de esos peladitos, les halaba las orejas. De paso, no los alimentaba bien, así que parecían duendes, criaturas extrañas pertenecientes a viejos mitos traídos de otras tierras, que mantenían a toda la región en zozobra. Al viejo Nicholas le bastaba sacar a los niñitos a correr un rato en las cercanías de algún pueblito, y con eso mantenía viva la leyenda, manteniendo alejados a los curiosos, e incluso a los representantes de la ley.

La verdad se supo mucho tiempo después por casualidad, cuando uno de esos niños llegó a ser un famoso concertista de arpa (tenía la costumbre de vestirse de mujer en sus conciertos), caso muy raro en la historia de ese lejano país. Después de una presentación, el concertista fue a tomarse unos tragos con su representante y varios invitados, y ya en la madrugada apareció vestido con sus pantaloncillos apretados mientras decía “he sido un niño muy malo en este año, no merezco ningún regalo. Castigadme”. Los presentes empezaron a hacerle preguntas, y entre vómito e intento de sodomizar una botella de aguardiente, el joven concertista terminó confesándolo todo.

La táctica del viejo Nicholas para evitar sospechas era simple: enviaba a los humildes padres de los peladitos a tomarse vacaciones de fin de semana en algún lugar lejano. Éstos dejaban la puerta abierta, y en la noche, aparecía el viejito pervertido vestido de rojo (es bien sabido que ese es el color de la pasión en esos territorios), y les dejaba regalos para las niñas que habían sido buenas, mientras que a los niños, los interrogaba hasta que lograba sacar alguna falla que le evitara darles regalos, y los hiciera acreedores a un castigo en el que tenían la posibilidad de reivindicarse: tenían que acompañarlo a envolver los juguetes a su castillo en una montaña mientras aprendían a ser buenos muchachos.

Cuando el escándalo se hizo mayor, Nicholas tuvo que abandonar su hogar y se trasladó a Inglaterra, donde el clima permitía en ciertas épocas de año vestir solamente con ropa de cuero.

Para esa época, la perversión del viejo había llegado a tal nivel, que ya ni siquiera se preocupaba por darles regalos a los niños.

Simplemente buscaba adolescentes que se quisieran ganar unas cuantas monedas, los vestía con un calzoncillo de cuero y una máscara, y los encerraba en una mazmorra para encadenarlos y darles latigazos hasta que el trasero les quedara del color de la pasión.

Con el tiempo, algunos de esos peladitos llegaron a tener algo de dinero, y siguieron el ejemplo.

Finalmente, por eso de la equidad de género, empezaron a aceptar mujeres, que como todo el mundo sabe, son más débiles cuando se trata de dar latigazos, pero son mucho más gritonas cuando les toca recibir.



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