lunes, agosto 14, 2006

Qué trabajo ser colero


Como todos saben, la última edición de Revista Soho fue un éxito de ventas, a tal punto que algunos hasta están pidiendo una reedición porque en lugares como el terminal terrestre, se terminó en un día.

No era para menos, esta edición tuvo, además de ximena zamora, mi primera colaboración.

Se eligió a un grupo de periodistas (y a mí) para que hable de trabajos complicados.

La saqué barata: me tocó ser vendedor de colas en la zona regenerada.

Por ahí me ofrecieron fotos exclusivas, si cumplen, actualizaré el post inmediatamente. Mientras tanto, quienes no pudieron comprar soho podrán regocijarse con la nota. En vista de que me dio pereza escanearla, la publicaré tal como la envié, excepto por el título.

Qué trabajo... ser coleroSi está buena, la cola es gratis”
Hace un par de abriles arrojé el televisor por la ventana. Desde entonces, mis recursos para culturizarme han sido los blogs y Soho, pero el mundial evidenció mi necesidad imperiosa de adquirir un televisor. No porque realmente me interese ver los partidos en casa, sino porque quedé en el último puesto de las Tradicionales Olimpiadas de Oficina 2006 (T.O.D.O. 2006), y las reglas son claras: losers, go home. Me vedaron el acceso a la cafetería, donde tienen una tv de 14 pulgadas.
Con el ego por los pisos, maquiné mi venganza: comprar un televisor de al menos 27 pulgadas, llevarlo a la oficina y esperar los ruegos de los coleguitas para ver el mundial en mi oficina. El plan era perfecto: llegar el día del partido con mi tv e invitar sólo a mi secretaria. Ver a los demás muriendo de envidia, rogando y ofreciendo a cambio las imprescindibles cervezas, los bocaditos y demás. Sólo hubo un detalle que no había tomado en cuenta: mi presupuesto está comprometido y sobregirado hasta después de un par de generaciones. No me quedaba otra que cachuelear.
Hice un breve estudio de mercado: Guayaquil, ciudad con poco más de dos millones de habitantes y un calor del demonio. En cuanto a mí, estudios primarios interrumpidos para dedicarme a dar masajes a bailarinas de striptease… lo único legal y honorable que puede hacer alguien como yo es vender colas a diez centavos el vaso por las calles céntricas de esta ciudad.
¿Honorable? Bueno, en cuanto compré mi primera botella con sus vasitos plásticos en un dólar con 35 centavos, me dediqué a embaucar a los clientes, aprovecharme de las necesidades de mi target, apelar al instinto materno, jugar con la psiquis de los más ingenuos. Frases otrora trilladas resultan prometedoras en este oficio: “señora, su hijo se muere de sed, ¿no le da pena?”; “colas heladitas, para la damita y el caballero elegante”; o la que más éxito me dio: “¡Oe! lleva tu cola afrodisíaca”.
La competencia es feroz, y al no estar organizados, nos disputamos espacios saturados y caóticos, es por eso que al primer descuido aparecía otro colero de la nada y tumbaba mi botella al pasar a mi lado. Al abrirla después, se derramaban un par de vasos del precioso líquido sin que pudiera yo hacer nada por evitarlo, excepto darle más cola al fotógrafo. A esas alturas ya había olvidado que sólo estaba haciendo una crónica para Soho, me había metido tanto en el personaje, que hasta creí haber encontrado mi vocación.
No se puede vender libremente en la zona regenerada. Las hordas de guayaquileños y turistas que recorren el centro deben saciar su sed a precios exorbitantes o esperar que aparezcamos los vendedores furtivos.
Para incrementar las ventas, decidí aventurarme a la zona prohibida. Partí de La Bahía y me dirigí a la Av. 9 de Octubre. Todo era perfecto hasta que un guardia se me acercó, jadeante y sudoroso a causa del sol abrasador (léase: sol guayaco). Me recordó que está prohibido vender colas junto al Municipio, y procedió a decomisarme la botella y los vasos, pues había delegados observando, así que no me podía perdonar esta primera infracción.
Me despedí de mi negocio con frustración, y es que apenas había vendido 10 de los 25 vasos que caben en cada botella. Ni siquiera pude recuperar la inversión. Eso sin contar las veces que me pagaron con moneda peruana, la cola derramada por mi impericia, y las señoritas que aprovecharon la promoción “Si está buena, la cola es gratis”.
Tomando en cuenta que el guardián del orden nunca le quitó el ojo a la botella, opté por seguirlo, y descubrí consternado que le daba un vaso ‘e cola a cada guardia que encontraba hasta llegar al cuartel ubicado en la ex matriz del Filanbanco. Segundos después salió otro guardia con una funda negra y un vaso vacío, y los dejó en el tacho de basura. ¿Coincidencia?
Con la sangre en el ojo decidí volver al ataque, y para eso me asesoré con Carabalí, un coleguita ya rodado que me explicó los secretos del arte. En primer lugar, tenía que comprar una cola barata y ponerla en la botella de la otra que es más apreciada, de esa manera algunos pueden hacerse el redondeo para mantener un par de hijos y a la mujer, o a un par de mujeres y sus respectivos hijos, según el caso. Debemos andar con cuidado, pues en cualquier momento salen de la nada los municipales, y en el afán de escapar, uno puede tropezar y terminar en una zanja, como le pasó a Medardo Mora, un tipo que vendía caramelos en el Terminal Terrestre.
Mi colega Carabalí me comentó que la multa si nos agarran es de $40, o diez días de prisión si estamos chiros. Si a uno lo agarran, lo único que puede hacer es rogar que vengan los panas de visita con algo de comida y vaselina, mucha vaselina.
Recorrí la 9 de Octubre, la mitad del trayecto pisándole los talones a un guardia. Tomé la precaución de andar de incógnito (con gafas y llevando la botella en una funda negra), pero a veces me salía más de un cliente y me tocaba correr, pero para alcanzar al guardia y seguir en calidad de sombra mientras ofrecía las colas subrepticiamente. Me fue mal porque los otros vendedores, más experimentados, se las ingenian para llevar su botella como si nada. Parecen haber desarrollado un sexto sentido para detectar la presencia de robaburros.
Cuando regresamos por la Plaza San Francisco, apareció una cliente de las que nunca faltan: me quería pagar con un billete de a $20. Ya han pasado varios días, pero aún me pregunto ¿en qué diablos está pensando alguien que paga con esos billetes a un humilde vendedor de colas? Peor si andaba yo cansado por las carreras, y chiro por los gastos extra que me tocó hacer.
Tendría que vender como 200 vasos para poder darle el vuelto, pero en un día normal de trabajo, sólo puedo aspirar a ganar $10, siempre que tenga buena labia y que no me decomisen la botella a cada rato por gil. Carabalí me comentó que le gustan las fiestas julianas, desfiles, protestas y marchas, porque ahí se puede ganar unos 20 dólares; pero a esas alturas del partido, yo ya estaba cansado y con el corazón saliendo por la garganta, mientras la idea de tener un televisor desaparecía como el último haz de luz al apagarlo.
No me puedo quejar, esa última venta fue positiva, pero sólo porque me di el lujo de vender el vaso ‘e cola en las narices de un guardia, mientras mi cliente me daba un consejo que encontré francamente invaluable: la próxima que me vayan a quitar la cola, le pondré harto purgante para que lo aprovechen esos montoneros.




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