lunes, julio 11, 2011

Parkour en el puerto


Nota publicada en revista Mundo Diners #350
(fotos: Omar Sotomayor)

Un grupo de adolescentes llega al Centro Cultural Simón Bolívar. De pronto saltan como volando sobre las bancas y los tachos de basura en su camino, con movimientos precisos dan volteretas contra los muros y se equilibran audaces en las barandas de las escaleras. Algunos turistas les toman fotos, otros paseantes dicen con suspicacia “Están entrenando para hacerse choros”. Gajes del oficio. A los integrantes de Estilo urbano, pioneros del parkour en Guayaquil, no les molesta escuchar ese tipo de comentarios, y siguen en lo suyo. Los guardias se percatan de ellos y los persiguen atentos a su extraño comportamiento, monitorean por radio la “ubicación” de los muchachos, pero al constatar que no causan destrozos ni siquiera se acercan a llamarles la atención.

El parkour surgió en Francia en la década de 1980 y se diseminó por estos lares gracias a películas y el internet. Es una disciplina extrema, mezcla de carrera de obstáculos y acrobacia. Se trata de desplazarse por la ciudad y acortar las distancias superando los límites de las infraestructuras urbanas con eficiencia y elegancia, de expresarse a ciudad abierta mediante ejercicios y movimientos corporales.

El arte de desplazarse
El francés David Belle y sus amigos definieron los movimientos y estándares de lo que llamaban el arte del desplazamiento. Eran conocidos como los Yamakasi. Cuando los empezaron a contratar para espectáculos acrobáticos, David junto a Sebastien Foucan sintieron que se estaba traicionando el espíritu de la práctica, formaron un nuevo grupo y nombraron Parkour a su disciplina. David prefería un estilo básico, fluir sin mucho trámite, ser como el agua. Lo de Sebastien era más acrobático, tiempo después optó por separarse y bautizar a su estilo particular como freerunning. Los Yamakasi, David y Sebastien han participado en comerciales de televisión, documentales y películas como Yamakasi, Taxi 2, Casino Royale, Distrito B13, y Distrito 13: Ultimatum. Existe una Federación Mundial de FreeRunning y Parkour (WFPF), una Asociación Mundial de Parkour (PAWA) y exhibiciones de primer nivel en algunos países de Europa y América. La comunidad parkour más grande de Latinoamérica es Monos Urbanos, de México.

En Ecuador se han formado varios grupos de traceurs (personas que practican el parkour y sus variantes), principalmente en Quito donde empezaron hace unos cinco años. En Guayaquil el movimiento es mucho más reciente, pero entusiasta.


La ciudad como pista de obstáculos
Hace no más de año y medio que los traceurs guayacos exploran la ciudad. Ellos han encontrado en las llamadas zonas regeneradas escenarios idóneos para el parkour, componiendo una paradoja visual del uso del espacio público en esta urbe, que en los últimos años pasó del abandono vergonzante a la estética privatizada y miamiesca de sus parques y malecones recuperados. Pero justo allí donde los ríos de gente se canalizaron con rejas y guardias, y pareciera que no hay lugar para la insubordinación, están también los chicos de Estilo Urbano, que sin mayores pretensiones políticas o sociológicas hacen de las calles y plazas su trinchera para la expresión individual. “Para nosotros la ciudad es la pista de obstáculos”, dice Steve uno de los más ágiles.

De los trece integrantes del grupo, dos son mujeres. Tienen entre quince y diecinueve años, todos estudian en colegio o universidad, y se mantienen en contacto por Facebook donde comparten fotos y videos. No hay líderes, sólo compañeros que aprenden, vencen el miedo más rápido y ayudan a los demás a nivelarse. La mayoría había practicado otras disciplinas (han sido karatekas, gimnastas, cheerleaders). Todos coinciden en que no se trata de empezar hoy y ya mañana saltar de edificio en edificio, o de hacer los movimientos más arriesgados sin tener en cuenta la posibilidad de caer “y terminar hecho polvo”. David explica que es mejor avanzar de a poco, conocer los límites de cada uno y acostumbrarse a las caídas. Se requiere de entrenamiento constante que permita un estado físico óptimo, agilidad mental y desarrollo de la técnica.

Pocos cuentan con el respaldo total de su familia. La aprehensión por las lesiones supera la tranquilidad de que el parkour los aleje de las drogas, el alcohol, los juegos de azar o la política. Les da un norte, los hace disciplinados y constantes. Encaran la vida con autoconfianza, pero sin molestar a los demás ni estresarse por premios o primeros lugares. ¿No es eso lo que necesitan quienes están en la edad del burro?

Los sábados recorren la ciudad, y los miércoles y viernes ensayan en el coliseo de la Federación de Gimnasia del Guayas, donde pagan un dólar por uso de las instalaciones. Donovan comenta que el espacio que tiene mejores equipos no lo pueden usar porque hay que pagar $40 mensuales cada uno y tener profesor, pero para la federación aún no existen los instructores de parkour.

Steve ignoraba que estaba haciendo parkour cuando hacía acrobacias en la ciudadela San Felipe pidiendo permiso a los vecinos antes para no buscarse problemas, hasta que indagó en internet, se enganchó y formó su grupo. Shong conoció su pasión gracias a un juego para celulares llamado “Yamakasi”. Buscó más información e inmediatamente puso en práctica lo que veía en youtube junto a algunos amigos en la ciudadela Coviem, al sur de la ciudad.

Sus sitios favoritos son Sauces IX, el parque Roca, el parque skate, la ciudadela San Felipe, y la Coviem. En el Malecón 2000, Malecón del Salado, Cerro Santa Ana y Las Peñas se sienten acosados por guardias que los monitorean y persiguen, pero igual van. Josselyn cuenta que en alguna ocasión los confundieron con un grupo de vándalos. “El de la mochila roja, el de la mochila roja’, decían, era muy chistoso”, recuerda. Ya los sacaron del parque de la Kennedy acusándolos de causar destrozos, aunque ellos aseguran que nunca dañaron nada. Por el contrario, parte de la disciplina consiste en no molestar a nadie ni destruir el medio ambiente.

Usualmente las lesiones se dan en rodillas, tobillos o muñecas, y son tan comunes como en la gimnasia olímpica, pero no tanto como en el fútbol, box o karate. Bolívar explica que cada uno sabe cuál es su límite, y no podrá entrenar si se lesiona. El miedo es una variable importante. Si se le da una oportunidad, puede llevarlos al retiro. Por eso aprenden a sobreponerse, y ya saben que el problema no está en caer, sino en no saber levantarse. ¿Hasta cuándo? Hasta que les dé el cuerpo, dicen.


Estamos ya en Puerto Santa Ana. El sol pega fuerte, y Kike se prepara para el último Sideflip junto a la pileta, antes de que los guardias nos alcancen: les recuerden a ellos que está prohibido hacer esas acrobacias, y a nosotros que se requiere permiso del supervisor para tomar fotos. A sus espaldas, el Manso fluye impertérrito, como si observara su pequeño intento de fluir en la última etapa de la regeneración urbana guayaca.
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