lunes, junio 01, 2026

Estos son los 26 convocados a la Selección Literaria de Ecuador

En el ejercicio lúdico de formar la Selección Literaria de Ecuador, Mundo Diners eligió a 26 escritores de distintas generaciones. En esta nota le contamos por qué estos craks fueron convocados y en qué destacan los que están en nuestro once titular; un equipo que, sin duda, hasta el propio Sebastián Beccacese quisiera dirigir.

Arquero

César Dávila Andrade

Titular en el Arco de instantes. Su intuición le permite lanzarse tras el balón antes de que lo pateen, ubicarse en el punto exacto y como buen fakir hacer atajadas imposibles para los simples mortales. Es famoso por su Boletín y elegía de las mitas, pero también por el conjunto de su obra mística.


Defensas centrales

José Martínez Queirolo

Como buen entendedor del cuerpo, intuye los amagues de los delanteros. A él no le van a simular una falta, ni le podrán controlar el escenario del área chica. Sus rivales vienen y van, pero él siempre está en primera línea. Además es uno de los grandes referentes de la cantera dramatúrgica ecuatoriana. Entre sus obras destacan La casa del qué dirán (1962) y La dama meona (1976).

Alicia Yánez Cossío

Es la voz que resiste y sobrevive al desgaste del campeonato local. A ella ningún hombre se le va a pasar por delante así como así, y si le toca meter la pierna sin que la vea el árbitro, lo hará con Pocapena. Debutó con un premio nacional por Bruna, soroche y los tíos, y luego publicó golazos como Yo vendo unos ojos negros, El Cristo feo y Sé que vienen a matarme.


Laterales

Jorge Carrera Andrade

Como buen diplomático, viaja por toda la cancha las veces que haga falta, para lanzar centros precisos que medirá con su caracol, la cinta métrica con que Dios mide el campo. El autor de los microgramas es tan fundamental para este equipo, que uno de los mayores premios de poesía en Ecuador lleva su nombre.

Ana Cristina Barragán

Entiende el espacio como pocas y a pesar de su juventud, avanza en silencio, pegada a la banda derecha como una hiedra y puede romper las líneas rivales, empezando por las de quienes no querían guionistas en una selección literaria. Su película Hiedra ganó el premio al Mejor Guion de la sección Orizzonti en el Festival de Cine de Venecia.


Mediocampistas

Gabriela Alemán

Su versatilidad permite adaptar el mediocampo a lo que pida el partido. Sea el vértigo de la crónica o la amplitud de la novela, el equipo rival se perderá en el Humo de su estrategia. Además, cuenta con el apoyo incondicional de la barra de la boca del Poso Wells. Además, es el puente que une dentro y fuera de la cancha a la literatura de Yánez Cossío con la de Mónica Ojeda.

Yuliana Ortiz Ruano

De andar rabioso, como un caballo de hierro en llamas. Tiene la intensidad que pide el mediocampo para conectar la vanguardia con la defensa. No se achica ante los favoritos porque “Sólo los débiles sobrevivimos, padre. Yo ya no tengo miedo”. Nuestra Lamine Yamal es autora de la novela Fiebre de carnaval, Premio IESS a la Ópera Prima, en Italia. 

María Fernanda Heredia

El alma del equipo. Su empatía le permite convertir once almas descarriadas en un equipo ganador, y conectar al grupo con la hinchada para que todos sepamos de qué tamaño es la felicidad. Autora de más de cincuenta libros, entre los que destacan Amigo se escribe con H, Cupido es un murciélago y Los fantasmas saben volar.


Delanteros

Mónica Ojeda

Desbarata cualquier estrategia defensiva e impone su estilo a donde vaya. Es una carta de gol segura cuando está frente al arco contrario, y nadie puede olvidar el espectáculo de sus alas como navajas en el agua. A la Messi de las letras ecuatorianas, la leen en todo el mundo, tanta es su fama que una de sus novelas, Mándíbula va a ser adaptada a una serie de televisión.

Jorge Enrique Adoum

Extremo izquierdo con todas sus letras. Siempre está Mirando a todas partes porque marca los goles de cerca y de memoria. Desde que se puso la camiseta de la Tri literaria está multiplicada la afición y el balón mildividido. Ganó el premio Casa de las Américas (Más o menos como ganar la Copa Libertadores) por Dios trajo la sombra.

Pablo Palacio

Es un falso 9. Juega como le da la gana, a lo Nine Kaviedes. Su imprevisibilidad lleva caos al área chica, y a veces, ni el resto del equipo entiende qué mismo está haciendo. Eso sí, nadie como él para dar puntapiés. Le bastaron tres golazos para ser titular: Un hombre muerto a puntapiés, Débora y Vida del ahorcado. Donde otros han tenido premios, él tiene homenajes, que incluyen comicbooks, cortometrajes y obras de teatro.

Cuerpo Técnico

El director técnico es Benjamín Carrión, fundador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y el duro de las letras nacionales. No solo por su obra, sino por la promoción de artistas, que tuvo un antes y un después de él. Su asistente es Miguel Donoso Pareja, cuya experiencia en México y Ecuador, como tallerista y antologador, le permitieron afianzar a muchos de los grandes autores de la actualidad. Fue él quien convenció al profe de poner a Palacio como falso 9.

Tenemos una banca de lujo (en la selección literaria nomás). Muchos, son jugadores polifuncionales, fogueados en el exterior. Otros siguen campeonando a nivel local y seguramente la van a romper en este mundial. Ya saldrán los detractores y también los fans del canon a decir que no son todos los que están, ni están todos los que son. Cualquier queja puede escribirle una carta al profe Carrión.


Suplentes

Arqueros

Jorge Icaza 

Julio Pazos 

Defensas

Antonio Preciado 

Lupe Rumazo 

Joaquín Gallegos Lara 

Hugo Mayo 

Gilda Holst 

Mediocampistas

Leonor Bravo 

Sonia Manzano 

Iván Carvajal 

Jorge Martillo Monserrate 

María Fernanda Ampuero 

Medardo Ángel Silva 

Delanteros

Eliécer Cárdenas 

Raúl Vallejo 


Lalinchi rompe con la idea de que el arte no se toca

Publicado en revista Mundo Diners 29.04.2026 

Por Rafael Méndez Meneses

Lalinchi (Eduardo Arreaga Burgos) es un artista dedicado a crear obras accesibles para las personas no videntes y a cuestionar las lógicas tradicionales de los museos. Con estas ideas en mente ha montado cuatro exposiciones y acaba de publicar un libro. 

En 2017, Jorge Mora entró por primera vez en una exposición de arte pensada para personas no videntes. Frente a él no había vitrinas ni carteles que advirtieran “no tocar”.  En esa muestra, titulada 'El Arte de Tocar', que se exhibía en el Museo Nahím Isaías, exploró relieves, formas y texturas de muchas obras. 

“Tocar una obra te da la certeza de saber lo que tienes entre las manos”, dice Mora, presidente del Club de Deportes Adaptados Paralímpicos para Personas con Discapacidad Visual, Acacig Sporting Club. Y agrega que escuchar la descripción de una pieza ayuda, pero no reemplaza la experiencia directa de sentirla con el cuerpo.

Esa exposición fue iniciativa del artista e investigador ecuatoriano Eduardo Arreaga (Lalinchi), quien desde hace años lleva el arte a públicos que tradicionalmente están fuera del circuito museístico.

Su trabajo combina escultopintura -pintura con relieves tridimensionales- y lectoescritura braille. Este formato permite leer con los dedos el título, la técnica y una breve descripción mientras explora las formas y texturas de la pieza.

Para Lalinchi, la relación entre arte y tacto comenzó con un descubrimiento personal. “Desde que aprendí a leer braille me fascinó su lógica de 64 combinaciones para formar letras, números y signos”, cuenta. Le recordó al ajedrez que jugaba de niño, con sus 64 casilleros. Así pasó del arte de jugar ajedrez al arte de pintar obras táctiles.

Este proceso lo documentó en el libro Investigación y Sistematización de Modelos Accesibles para Museos Ecuatorianos – Análisis de Obras Táctiles y Recursos Digitales Existentes. Allí registra una serie de exposiciones diseñadas para que el arte se explore mediante el tacto. El libro consiste en la sistematización de 100 obras táctiles creadas con escultopintura y braille integrado en la superficie. 

Las obras se exhibieron en cuatro exposiciones realizadas entre 2017 y 2020 en Guayaquil y Quito: ‘El Arte de Tocar’ (Museo Nahím Isaías, 2017); ‘El Braille y el Arte en Quito’ (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2017);‘Pictobraille – Arte Inclusivo para Todos’ (Museo Nahím Isaías, 2019); y ‘Estructuras Táctiles Ocultas en Braille’ (Museo Municipal de Guayaquil, 2019-2020).

Cada obra incluida en la investigación cuenta con ficha técnica, registro fotográfico y un código QR que conduce a un repositorio digital. El estudio también analiza los tiempos de interacción de visitantes con discapacidad visual y propone protocolos técnicos para el montaje de exposiciones inclusivas.

Traducir una imagen visual al sentido del tacto implica replantear completamente la obra. “Parto de una pintura tradicional, plana, donde todo es color”, explica Lalinchi. Luego la transforma en un mapa de relieves donde las líneas, las formas y las texturas se vuelven algo que se puede tocar con las yemas de los dedos. Pero el relieve no basta: “por eso incorporo el braille directamente en la obra. Es como pasar de mirar una partitura a escuchar la música: el tacto es el sonido”.

El arte y la discapacidad visual 
En Ecuador están registradas más de 58.000 personas con discapacidad visual y la consigna general en los museos es “No tocar”. El problema va más allá de lo técnico. “No se trata de cambiar los museos físicamente, sino de cambiar la mentalidad de quienes los manejan. Ser inclusivo no es solo un discurso, implica una transformación profunda”, afirma Lalinchi. 

En otros países, la tendencia es tener actividades continuas. El Museo del Prado, en España, desarrolló la exposición Hoy toca el Prado, con reproducciones en relieve de obras de Velázquez y Goya concebidas para explorarse con las manos. Mientras que el Metropolitan Museum of Art de Nueva York y la National Gallery de Londres también han desarrollado recorridos táctiles y programas educativos.

En América Latina, museos como el de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO) incorporan audiodescripciones, reproducciones táctiles, mediación especializada y alianzas con colectivos de no videntes. Aunque todavía son iniciativas puntuales, reflejan una búsqueda cada vez más presente en la museología contemporánea: cómo ampliar la experiencia estética más allá de la mirada.

En Ecuador, el debate para integrar la accesibilidad desde el diseño curatorial apenas empieza y el libro es parte de la sistematización. A Mora, las exposiciones de Lalinchi le han dejado una sensación clara: “Sentí que por fin había un espacio pensado para las personas que vivimos con discapacidad visual”.

El libro se presentó el 22 de abril en la Biblioteca de las Artes de Guayaquil y forma parte de un proyecto más amplio que incluye un repositorio digital accesible con registros de las obras y audiodescripciones. La meta de Lalinchi es ambiciosa: que los museos ecuatorianos dejen de ser lugares donde el arte solo se mira.


Chloé Silva: 'contaminada' por la música y el teatro

Publicado en revista Mundo Diners 01.02.2026

Por Rafael Méndez Meneses

Desde Guayaquil para el mundo. Chloé Silva ha sabido tejer una red de colaboraciones artísticas que saltan de Alemania a México y que se mueven entre la música y el teatro. Nosotros le contamos su historia.

Chloé creció en una casa donde la música era ley. Sus padres, Marcelo Silva y Michelle Fougères, tenían una banda punk. “Mi mamá en teclados, mi papá cantando… un caos hermoso. A veces el ensayo era en la sala, otras en la cocina. No había silencio, solo ruido con propósito”. A los seis años ya grababa canciones por diversión, y más tarde el iPod que le regaló el papá la llevó a descubrir a Fiona Apple, Erykah Badu y Gustavo Cerati. “Fiona fue mi brújula. Escribe con el cuerpo, con lo que le duele. Me enseñó que las emociones también se pueden producir”.

Durante la pandemia se unió a José Rosero, un joven con oído preciso y curiosidad inagotable y lanzaron Too bad, su primer EP grabado con un celular y una laptop, en el que enmarcó su estilo en el  Pop Alternativo, Neo Soul y Lo-Fi R&B. Lo subió a SoundCloud sin muchas expectativas, y las reproducciones se multiplicaron. “Era el momento en que todos buscábamos no enloquecer. Muchos me escribieron para decirme que mis canciones los acompañaban, pero la verdad es que fueron ellos los que me acompañaron a mí”. 

También participó en tocadas virtuales, en las que nació su fandom, y colaboró con Biera, Paola Navarrete, Rosero y Leteléfono. Aprovechó el impacto para lanzar Commodium en 2023 y pegó con singles como I like it, I like it, Fantasmas en mi cama, Semantics y Commodium.

Con los conciertos presenciales aprendió a equivocarse en vivo, a reírse de sus nervios, a recibir el cariño del público cuando se baja del escenario para conversar y tomarse una selfi. “En un presentación, empecé cantando súper mal, muy mal.  O sea, me salían gallos horribles, y empecé a cantar durísimo, como gritando”. Esa actitud la tiene también en el estudio cuando improvisa y le sale algo que nadie esperaba, pero que encanta.


La música

Fuera del estudio, Chloé reparte su tiempo entre ensayos, talleres y sesiones de composición. Hace poco impartió uno sobre escritura de canciones. “No me gusta lo literal —dice—. No quiero que alguien me diga ‘estoy triste’; quiero que me describa cómo se siente. Como dice Fiona Apple: ‘La tristeza se siente como un segundo esqueleto tratando de entrar en tu cuerpo’. Eso me parece perfecto”.

Hay un ambiente de entusiasmo discreto en el estudio Paradox. Sobre la consola descansan botellitas de agua, el guión de una obra de teatro y cables que parecen víboras dormidas. En el centro, frente al micrófono, Chloé Silva ajusta sus audífonos, eleva la altura del soporte y canta un verso que todavía no termina de convencerla. La coach vocal Cris Alcívar la anima a probar medio tono más abajo. Chloé respira, cierra los ojos, y repite. Esta vez le pone magia y su voz suena más honda, más cierta, como si se hubiera alineado con algo invisible. El productor Juanjo Ripalda sonríe y ella entiende que lo logró.

Grabar una canción, al menos para ella, siempre ha sido más un ritual que un proceso técnico, y parece una síntesis de su carrera: llegar sin saber si será suficiente, probar, fallar un poco, reírse, volver a intentar, sonreír al ver el resultado. Y al final, encontrar esa nota que cabe en el lugar preciso y gustar. Gustar mucho.

Así ha sido todo desde el inicio: un aprendizaje constante con humor de por medio. “Soy muy perfeccionista —admite—, pero también sé cuándo algo tiene alma. Y eso no se corrige con autotune”. En la consola suena la última toma: la buena, esa donde la voz respira y se equivoca un poquito, pero sin dejar de emocionar. Chloé vibraba ahí: un poco punk, un poco teatro, un poco risa. Encontró su Merlina sin perder a Chloé.

La grabación la hizo durante la pausa artística en la que interpretó a Merlina en Los locos Addams, el musical dirigido por Jaime Tamariz. “Al principio pensé que no daba el tipo”, dice entre risas. “Pero luego entendí que Merlina no es solo una chica rara; es una observadora del mundo. Y un poco así me he sentido siempre”.


El teatro

La actuación le llegó por accidente. Ya la habían aprobado en un casting que aún no se filma, y luego llegó este proyecto. “No tenía ni idea. Fui al casting por curiosidad y pensé que me había ido pésimo. Pero me eligieron”. Desde entonces, los ensayos, coreografías y canciones se volvieron parte de su rutina. “Fue intimidante al principio, pero descubrí una pasión que no sabía que existía”. La música y el teatro empezaron a mezclarse, a contaminarse mutuamente. “Ahora canto como si actuara y actúo como si cantara. Es mucho más divertido así”.

La teatralidad, de hecho, la acompaña desde niña. En Carolina del Norte, su abuela la llevaba a ver musicales. A los once años ya se sabía Rose’s Turn —la versión de Bette Midler en Gypsy— de memoria. “Creo que esa fue mi primera clase de interpretación”, dice. “Ahí entendí que una canción puede ser una historia entera”.

Tiene confirmadas nuevas colaboraciones con Biera y Menino Gutto (Ecuador), Iden Kai (México) y Fabich (Alemania). Cuenta que se toma su tiempo con sus proyectos porque tiene claro que no se trata de sacar canciones de moda, sino de quedarse en la memoria de su fanaticada. Kira, una de sus seguidoras, cuenta que la escuchaba desde que no era famosa. Ha ido a sus conciertos, y está pendiente de sus nuevos temas porque sabe que los va a disfrutar aunque no tengan video promocional y campaña mediática.

Su nuevo proyecto musical marca un giro de libertad creativa. “Yo soy muy controladora —confiesa—. Me gusta que todo tenga un sentido conceptual, una estructura. Pero en este disco decidí soltar. Experimenté con géneros distintos, desde el pop ochentero hasta algo más house, incluso una canción que suena mucho a Cerati. Es como volver a esa versión de mí que no tenía miedo de probar”. Cada tema es una pequeña travesura: un ritmo que se desarma, una voz que se desdobla, una letra que no se toma demasiado en serio para decir cosas que llegan al corazoncito. 


Más sobre Chloé Silva

Nació en Guayaquil el 14 de julio de 1997.

‎Es nieta de Bernardo Fougeres, icono de la televisión ecuatoriana.

‎Debutó en la música a los 16 años con la banda uruguaya Madafaka.

‎Su primer EP Todo Bad fue producido en casa.

‎Además de Ecuador, ha vivido en Estados Unidos, Francia y Uruguay.

‎Sus primeros temas los hizo con la app GarageBand y los subió a SoundCloud.


Barrio Chino (made in Guayaquil)



El centro de Guayaquil renace con el Barrio Chino que mezcla historia, memoria y comercio para darle otro ritmo al corazón de la ciudad.

Bajar por la calle Sucre hacia el Malecón es atravesar varias épocas de la ciudad en pocos pasos. La avenida se despliega entre taxis, vendedores de chuzos y turistas, pero frente al Museo Municipal flota un aroma a wantán frito y reinvención. Es el chifa Asia, un lugar que William S. Burroughs había descrito como un burdel de 1890 cuando pasó por el Ecuador buscando ayahuasca. Pero su mala onda es comprensible. El viajero que no soporta el calor no puede disfrutar el té, y Guayaquil no se deja entender a primera vista por su tendencia al desorden, ese que mantiene todo en reinvención perpetua.

El añoviejo guayaco: patrimonio de fuego

Publicado en revista Mundo Diners 27.12.2025

Por Rafael Méndez Meneses

Fotos: Kira Méndez Calderón y cortesía Municipio de Guayaquil

En fin de año caminar por la 6 de Marzo (Centro de Guayaquil) es un ritual que involucra el griterío de la gente y el ruido de los carros que avanzan lento. Uno esquiva peatones, se toma selfis con el añoviejo que quisiera comprar, mientras los niños exigen el muñeco más colorido y el adulto calcula cuánto puede quemar sin 'incendiarse' el bolsillo.

Hay de todo: gigantes que superan los dos metros; medianos de molde que se replican por decenas; y los más económicos, de treinta centímetros, reciclados del año anterior: el Nemo que rechazaron el 2024 devino en tiburón Tralalero Tralala, referente del brainrot o podredumbre cerebral.

Los precios varían, pero siempre se puede regatear. Los pequeños cuestan tanto como un almuerzo, mientras que los gigantes alcanzarían para pagar la cena de fin de año. Son los que llevan a dar vueltas por la ciudad en el balde de la camioneta y provocan la envidia del resto del barrio. Pero no siempre fue así.

En el libro Los años viejos, Ángel Emilio Hidalgo destaca que la fuente más antigua de esta tradición habla de los misioneros en un rito que implicaba quemar representaciones de Judas. Para 1897, los cronistas hablaban de máscaras, procesiones y un pueblo que se inventaba fiestas encima de las cenizas del Incendio Grande que asoló la ciudad un año antes. Ese Guayaquil de los incendios siempre disfrutó del fuego.

Los añoviejos no tenían la pretensión artística que hoy exhiben los gigantes del Suburbio. Eran figuras rústicas, cuerpos sin anatomía y con la función clara: quemarse a medianoche para espantar la mala suerte. Bastaban un pantalón y una camisa rellenos de aserrín, y en vez de cabeza, cosían una media y le pintaban ojos. 

El punto de quiebre llegó con el primer concurso organizado por diario El Universo. José Cruz Vallejo lo cuenta: “Mi abuelo Raúl creó el primer añoviejo de cartón y madera. A Velasco Ibarra lo montó en una carreta de burros. Fue una locura en la 9 de Octubre, porque era el único que movía la cabeza y la boca”. Ese concurso consolidó un estilo y la familia Cruz se volvió referencia, a tal punto que en los años posteriores hasta Jaime Nebot les encargaba los añoviejos. Además hacían caretas para los clientes que se quedaron con la tradición del aserrín y la ropa vieja.

Mientras embadurna en almidón las tiras de papel, Cruz aclara con esa sobriedad de artesano que no necesita discursos académicos para legitimar su oficio: “Nosotros le damos el nombre de años viejos, no monigotes. Para la gente antigua, la gente que sabe, este es añoviejo ¿Por qué? Porque se quema cada fin de año”. Y tiene razón. la RAE reconoce los términos añoviejo o año viejo, y el nombre también debe reivindicarse.


Ruta de gigantes

El municipio visibiliza la tradición con la Ruta de los Monigotes Gigantes. Veintiún piezas monumentales se podrán admirar hasta el 11 de enero, todas elaboradas por artesanos del suroeste. El mapa interactivo en línea permite ubicar cada obra, leer su ficha y planificar el recorrido, casi como quien arma un safari urbano de cartón piedra.

El convenio con los artesanos incluye un desembolso de más de veinticinco mil dólares, necesarios en un contexto donde el reconocimiento patrimonial avanza con la parsimonia de Flash, el perezoso burócrata de Zootopía que venden por treinta dólares a quienes no saben regatear.

En medio de este mapa cultural aparece José Salas Valdiviezo, el artista que coquetea con los museos sin abandonar la calle. Su propuesta para este año es una reinterpretación de Las dos Fridas, de Frida Kahlo: una pieza que puede ser leída por el transeúnte sin necesidad de sermones estéticos. El arte tropicalizado con desparpajo guayaco.

Joaquín Moscoso, Coordinador General de Cultura del municipio, resalta la dimensión patrimonial del fenómeno: “los años viejos y la construcción de los monigotes, asociados a todo el periodo de celebraciones por fin de año, forman parte del patrimonio cultural nacional. La municipalidad está generando la ruta para que los gigantes puedan ser visitados. Con eso se mueve la economía: caretas, viejos, churros y chicha resbaladera".

Pero donde unos ponen mapas, los vacunadores ponen tarifas. “Hace falta seguridad”, insiste Cruz. “Nos han robado materiales, se han llevado muñecos enteros y ya llegaron los vacunadores. El municipio ayuda, sí, pero no alcanza”. La tradición es patrimonio afectivo, no económico. Ha sobrevivido porque es popular, no porque sea protegida. Mientras moldean cartón, los artesanos se preguntan quién heredará la chispa cuando ellos falten. ¿Quedarán viudas que les lloren?

Tal vez por eso el testamento sigue vivo. Es el epitafio del año, el desahogo de la calle. Un complemento para hacer política sin estridencias. Y así, entre sarcasmo y tradición, el fuego se mantiene. Porque hay caridad para los añoviejos de Naruto en la 18. Porque hay artesanos que aún piensan que quemar es crear memoria. Porque el papá prefiere un añoviejo chiquitito del Groot devenido en Tung Tung Tung Sahur. Uno cuyas llamas purificadoras sean fáciles de saltar después de comer las uvas, mientras su hijita lo observa maravillada.

Íñigo Pirfano: una batuta en la ciudad del sol mayor

Publicado en revista Mundo Diners 01.12.2025

Por Rafael Méndez Meneses


Imagínate a Íñigo Pirfano —un filósofo vasco que también es maestro de orquesta— estacionado en alguna calle de Guayaquil, ciudad que Jorge Enrique Adoum bautizó como la “capital del ruido”. Pirfano ofrece música clásica en un escenario urbano donde los parlantes lanzan reguetón a los andantes, los pitos ponen el ambiente y el calor llega en sol mayor.


Allegro

Donde sea que te pares en Guayaquil, el silencio es un lujo. Lo saben los vecinos que duermen con ventilador al máximo para hacerle contrapunto a la música del barrio; lo saben los choferes que convierten a los semáforos en cómplices para atacar al conductor de adelante; lo saben las palomas que sobreviven a los parlantes y tenores que ofrecen a capela agua bien helada. Y en medio de ese caos aparece Íñigo Pirfano, director de orquesta vasco, filósofo de formación y melómano por herencia, empeñado en que esta ciudad que sudoriza cualquier intento de solemnidad también escuche a Mozart y a John Williams.

Recorrió el mundo como director invitado en un sinnúmero de orquestas sinfónicas, como director de la Orquesta Académica de Madrid que él mismo fundó y como maestro de A kiss for all the world, una iniciativa que llevó la novena sinfonía de Beethoven a grupos vulnerables de lugares tan impensables como hospitales y campos de refugiados. Además, hizo música para los largometrajes El sudor de los ruiseñores y Abuelos, escribió libros en los que reflexiona sobre la música y fue speaker para importantes iniciativas europeas y latinoamericanas. Estuvo a punto de dirigir la Orquesta Sinfónica de Guayaquil en 2017, pero terminó en Loja, hasta que al fin se dieron las cosas y se instaló en la Orquesta Sinfónica de Guayaquil (OSG) en 2023. Para entonces ya era cercano a los músicos.

“Mi relación con la orquesta empezó antes y, por eso, Guayaquil siempre ha tenido un encanto especial. En Latinoamérica me he movido por casi todos los países, pero esta es la primera ciudad en la que yo había hecho un grupo de buenos amigos”. También explica que se pegaba sus escapadas a Guayaquil para tocar y allí pasó lo que suele pasar: la ciudad lo sedujo y se convirtió en un reto a superar, porque no quería enfocarse solamente en el público que ya conoce la música académica.

Conquistar nuevos públicos fue la consigna desde el principio. Íñigo quiere que la OSG sea “de cada guayaquileño y guayaquileña”. En ese sentido, está contento con la inclusión del barrio, la gente del sur que llega a disfrutar la programación que se lleva a cabo en el Centro Cívico, lugar donde ensayan y tienen sus oficinas. Ahí está su ironía favorita: traer Wagner y Haydn a donde más suena Wisin & Yandel. ¿Cómo lo está logrando?

Solo tuvo que combinar, como guayaco que improvisa una buena bandera de encebollado con guatita y cebiche. La programación mensual que decide como director artístico de la OSG puede incluir un ballet clásico, una noche de bandas sonoras de cine y salsa sinfónica. A primera vista parece eclecticismo caprichoso, pero es pedagogía básica: mostrar que la música no es un palacio pipirisnais de gente con el pelo engominado, sino un refugio capaz de convocar al vecino que nunca pisó un teatro, pero saldrá con otro universo en su corazón. 

La palabra clave en Pirfano es “servicio”. No servicio en el sentido servil, sino en el de entrega: a la partitura, a los músicos, al público. Por eso rehúye la imagen del director como pequeño dictador de batuta. Prefiere el gesto que llama y convence, no el que amenaza. Ese estilo de liderazgo, claro, descoloca a quienes esperan al maestro malhumorado que detiene el ensayo para gritarle al contrabajo. En Pirfano no hay berrinche. Hay, en cambio, algo de paciencia franciscana, una especie de pedagogía basada en la confianza. En sus ensayos, es más común escuchar frases como “Nos falta un poco de power” o “Necesitamos un poco más de intensidad”. Siempre nosotros, porque es el esfuerzo colectivo lo que lleva a la grandeza, sobre todo en una ciudad tan plagada de bemoles como Guayaquil.

Si algo aprendió de sus conversaciones con los panas —hoy compañeros de orquesta— de la ciudad a la que vino a vivir, es que hay que saber adaptarse, desafiar el ruido y bajarle un par de rayitas a la furia. Con su compás vasco, el director invita a Guayaquil a aguantarse un chance, tomar aire y escuchar.

Adagio

En el Ecuador las cosas son diferentes para los integrantes de orquestas sinfónicas. En otros países el director titular de una orquesta firma por una serie de conciertos al año, entre el 60-65 %, y el resto del tiempo lo tiene libre para dirigir como invitado. Pero acá las orquestas son instituciones públicas y los músicos, incluido el director, son funcionarios públicos. Además de director de la orquesta, Íñigo es director artístico: lleva la batuta y se encarga de armar una programación que compite y se complementa con los conciertos de jazz, las convenciones de otakus, el cine, las farras, los recitales de poesía, el fútbol y el teatro del puerto. 

Para dejar listo un concierto, ensayan unas veinte horas. Las óperas, al ser más complejas por requerir el trabajo actoral y escénico, necesitan unas dos semanas de preparación, y es allí donde se siente su presencia. Las notas están escritas en la partitura, pero el “espíritu” de la obra no lo está. Íñigo explica que “las notas son, por así decir, letra muerta. Tienen que revivir en ese acto de recreación en el que consiste la interpretación musical. Como decía el gran Herbert von Karajan: ‘Señores, ya tocan las notas correctamente; ahora llénenlas con vida’. Esta es la fascinante —y difícil— misión del director de orquesta”.

Antes de la presentación, se encierra en su camerino en silencio absoluto y se apropia de la ideología que movió a los autores antes de salir a cada presentación y encauzar las personalidades de cada músico de su orquesta para darle al público una experiencia memorable. Y cuando llega el momento, el espectador recibe todo. No hay tiempo para el celular, para tomar fotos ni para fijarse en lo que hacen los demás espectadores. Solo hay el sentimiento colectivo de estar ante algo que trasciende el ego.

“Lo bueno que tiene la música —la gran música— es que emociona… Las personas que conocen bien estos repertorios vienen a los conciertos sabiendo exactamente lo que les espera. Los que no la conocen bien —incluso los que asisten por primera vez a un concierto— descubren en muchos casos la hermosura y la grandeza de estas obras y comienzan a interesarse por ellas. La gran música da respuesta a las inquietudes de los seres humanos de todos los tiempos”. Ese encanto, ese silencio del público, se rompe al concluir cada presentación. Resuenan los aplausos. El director se retira, pero la insistencia del público lo trae de vuelta al escenario para agradecer. Es parte del show.

Scherzo

Íñigo lo sabe: “La gran música nos habla directamente al corazón”. Guayaquil no dejará de ser bulliciosa o violenta por escuchar a Tchaikovsky, pero tal vez se permita un respiro. Algún día disfrutar una sinfonía dejará de ser privilegio de clase. Al salir al camello, habrá más probabilidades de escuchar a Mahler en la Metrovía, que de terminar malherido en un asalto. Las únicas fugas en la vía a Daule serán las de J. S. Bach; todos reconocerán la novena de Beethoven, y sabrán que no es un sambernardo.

El problema es que la cultura y el arte no venden. Íñigo advierte sobre ese riesgo: “Si no inviertes en cultura, sabiendo que siempre va a ser deficitaria, estás de alguna manera traicionando lo más elemental que es la dignidad del ser humano”. Para eso hay que sacudirse el cortoplacismo, entender que hay frutos que saborearán nuestros nietos. 

En estos tiempos de música simple y minimalista, él conspira para elevar los espíritus guayacos con soundtracks inolvidables, en conciertos que deben repetirse porque el Centro Cívico les queda chico a los fans de Harry Potter que acaban de descubrir la magia. Sin varita pero con batuta, Íñigo Pirfano une escenarios, tiempos y culturas. Hace de la música un lugar seguro.

Finale

El maestro estudió Filosofía antes de dedicarse a la música y eso le ha ayudado a penetrar en el sentido profundo de lo que hace, con un acercamiento riguroso y reverente al texto musical. Es un defensor del pensamiento crítico y cree en eso de llegar al contenido filosófico de un texto y mostrar ese mensaje imperecedero. Cuando se le pregunta a qué director le habría gustado disfrutar en un concierto, menciona a Gustav Mahler y a Bruno Walter, su discípulo. “Son unánimes los testimonios de las personas que los vieron dirigir. Su manera de comunicar el contenido profundo de la música —sincera, entregada— convertía esos conciertos en experiencias irrepetibles”.

Lo que sí se repite es la historia. El mundo roza la barbarie cada tanto. “Mahler ya vio todo lo que se avecinaba y lo plasmó de manera desgarrada en sus obras. Su música nos recuerda que nos hemos hecho adultos prematuros y que, a partir de ese momento, las cosas nos han empezado a ir mal. Cada ser humano ha de luchar por recuperar al niño que algún día llevó dentro: abandonar el narcisismo, la arrogancia, la violencia, para mirar el mundo con asombro y agradecimiento”.

Íñigo parafrasea a Dostoievski para mostrar su convicción: la belleza —y tal vez solo ella— salvará al mundo. Y en esto no debemos transigir, pero el cambio cultural no se enciende con un botón, requiere arduos ensayos y que cada quien se esmere desde su lugar en esta orquesta que es esta ciudad puerto.

"Asistente de Cocina": El futuro sabe rico

Publicado en revista Mundo Diners 13.10.2025

Por Rafael Méndez Meneses

31 jóvenes se benefician del programa de Formación Dual “Asistente de Cocina”, impulsado por Diners Club del Ecuador y ejecutado por el Humboldt Zentrum junto a Fundación Crisfe.

El vapor se levanta de la olla y empaña los lentes de Ana Emilia Quijano. Eso no la detiene. Sopla, prueba la salsa con una cuchara de madera y espera instrucciones de Elkin, uno de los quince tutores que ha tenido. A su lado, Reichel Farías revuelve una sopa con delicadeza. El ronroneo del extractor y el roce metálico de los mesones compiten con el murmullo de sus compañeros. Nada parece excepcional. Solo son prácticas de cocina coordinadas por el Humboldt Zentrum en el norte de Guayaquil. Pero en esos gestos se amasa el afán de cocinar un futuro con las manos que, hasta hace poco, no sabían qué hacer.

Reichel tiene 20 años y mezcló sus estudios de Derecho con la gastronomía en el programa de Formación Dual “Asistente de Cocina”. Su familia ha trabajado en restaurantes desde que tiene memoria. De niña ayudaba a pelar papas y picar cebollas. “Siempre hubo un punto en el que decía: quiero ser abogada, pero sí o sí tengo que estudiar gastronomía. Por eso ahora hago ambas cosas”. Quiere abrir su propio restaurante, quizá fuera del país, donde pueda mezclar sabores ecuatorianos con técnicas italianas. La formación le abre un menú de posibilidades que antes parecían impensables.

Ana Emilia llegó a la cocina sin tener definida su sazón profesional. Vive en Vergeles, al norte de Guayaquil. Terminó el colegio sin experiencia laboral y vio un anuncio del programa en LinkedIn. “Pensé que era demasiado bueno para ser cierto. Pero me dije: Ana, inténtalo, no te va a tomar más de diez minutos aplicar”. Esos minutos frente a la computadora, con la ayuda de su madre, se convirtieron en meses de aprendizaje. Hoy se ve a sí misma manejando una cafetería. No una cualquiera: “Un lugar tranquilo, con olor a pan y café. Donde la gente pueda quedarse, conversar. No solo vender, sino acompañar”.

Ese tipo de sueños y liderazgos es lo que la Formación Dual busca propiciar. En Ecuador, el modelo todavía es joven: combina clases teóricas con práctica profesional en empresas reales que se han sumado a la causa. Los aprendices pasan buena parte del tiempo trabajando en cocinas de restaurantes, hoteles o instituciones. Aprenden haciendo. El programa dura nueve meses y en esta edición participan 31 jóvenes. En las aulas del Humboldt Zentrum y en las empresas formadoras, los instructores insisten en la puntualidad, el respeto y el trabajo en equipo.

María Brown, directora ejecutiva de Fundación Crisfe, lo explica sin retórica: “La empresa se convierte en parte del currículo. No es que los chicos solo vayan a hacer una práctica; ellos se forman dentro de la empresa, y el tutor tiene a su cargo parte del contenido del proceso formativo”.

Crisfe, socio estratégico de Diners Club del Ecuador, apostó desde 2024 por fortalecer los vínculos entre educación y empleo. La pandemia dejó una brecha educativa evidente, sobre todo entre jóvenes que abandonaron el colegio o salieron al mercado laboral sin preparación técnica. “Era necesario ofrecer una alternativa que no los obligara a elegir entre trabajar y estudiar -dice Brown-. La formación dual ofrece justamente eso: una ruta donde la práctica y la teoría se alimentan mutuamente”.

La metodología, adaptada del modelo alemán, no se limita a la enseñanza de oficios. Integra tres niveles: fortalecer aprendizajes básicos, desarrollar habilidades socioemocionales y acercar al estudiante al mundo laboral real para que entienda que un oficio también puede ser una profesión, que la cocina, la mecánica o la electricidad son espacios donde se puede crecer con dignidad.

En las aulas del Humboldt Zentrum, esa dignidad se construye paso a paso. Los jóvenes -la mayoría entre 17 y 22 años- mezcla, limpia, prueba, apunta. Vivian Almeida, gerente de gestión estratégica, explica que el principal reto de esta convocatoria no fue técnico sino humano: “A los cinco minutos teníamos quinientas aplicaciones. La juventud tenía mucha necesidad del programa, muchos sueños pendientes”. 

Al final del ciclo, rendirán exámenes prácticos y teóricos ante la Cámara de Industrias y Comercio Ecuatoriano-Alemana para recibir su certificación internacional. La excelencia llega a fuego lento con un título, experiencia y destrezas que pocas veces se aprenden en clase.

Fuera del aula, las cifras se enfrían. El 59,8% de los jóvenes depende económicamente de sus padres, y la educación técnica todavía se percibe como un camino de segunda, para los menos aplicados. Pero algo empieza a cambiar. Diners Club del Ecuador apoya este modelo dual, que también opera en otras áreas: administración, mecánica, gastronomía, agricultura. Los resultados muestran que más del 70% de los jóvenes graduados consigue empleo en menos de seis meses, y eso es una gran diferencia en un país en el que los chicos pueden pasar hasta dos años buscando trabajo.

La jornada termina. Las cocinas se limpian, las ollas reposan. Ana Emilia guarda sus utensilios, Reichel acomoda los cucharones. Hablan de lo que viene. Los caminos de Reichel podrían llevarla a Roma. Ana sueña con su cafetería chill. Ninguna se imagina en un futuro perfecto, pero ambas saben que algo bulle desde ya. Si uno se detiene un momento, ese olor a guiso recién hecho, a oportunidad, podría ser la mejor forma de describir lo que ocurre aquí. En una cocina de Guayaquil, entre el ruido de los cuchillos y el silencio del aprendizaje, el futuro empieza a saber distinto.

Cinco formas de comer cangrejo que no conocías

Publicado en revista Mundo Diners 20.09.2025

Por Rafael Méndez Meneses

Se terminó la segunda veda de cangrejos de 2025 y Mundo Diners le propone repasar cinco formas de disfrutar el cangrejo rojo, uno de los manjares más populares de la gastronomía local ¡Buen provecho!

Comer cangrejo criollo es un placer casi terapéutico. Solo tiene que reunirse con sus amigos, vacilar una cervecita y sentarse ante una tabla y un martillo de madera mientras le ponen varios cangrejos de un aroma inconfundible: el de la gloria.

‎‎Luego, entre chismes y risas, separa las patas y tenazas del cangrejo, sujeta el martillo y golpea con rabia, pero también con cariño. Encontrar el equilibrio, cosa que a algunos les toma varios intentos, les permitirá descubrir la carne más deliciosa de nuestra gastronomía, a la que solo se acompaña con cocolón, ají y salsa de cebolla.

‎‎Pero además del clásico cangrejo criollo, hay otras formas de disfrutar un buen cangrejo. Maneras que según la ley no escrita jamás deben reemplazar la tradición, solo complementarla. Puede comerse un carapacho relleno de maduro, pero ese será solo el postre o una porción de cangrejo encocado como entrada, no como plato fuerte. Pero hay más.

Empanada de cangrejo

‎Las empanadas se rellenan con todo, pero si llevan cangrejo y ají, ya es otro nivel. La masa puede ser de verde o harina y se sirve con mayonesa para llevar el sabor a la estratósfera. La cocción, masa y jugosidad del relleno deben estar en un equilibrio que pocas expertas alcanzan. por eso es mejor buscar empanadas caseras, no las de cadena de producción.

‎‎Tequeños de cangrejo

‎La fusión más predecible en estos tiempos combina el bocadito más popular de Venezuela con el alma gourmet del crustáceo insignia de Ecuador.  Harina y cangrejo es todo lo que necesitas para llegar al paraíso. Y como todo tequeño, lo acompañas con salsa casera, de la que cada restaurante tiene su propia receta.

‎‎Bollo de cangrejo

‎El secreto está en dejar reposar la masa para que el cangrejo invada hasta la última partícula. Hay algo atávico en el rito de desenvolver el bollo y sentir el fogonazo olfativo atrapado por la noble hoja de plátano. El humo que sale como niebla gótica es la prueba de que probarás algo de otro mundo.

Bandera de cangrejo

‎En este punto hay un debate. Para unos, el cangrejo es demasiado sabroso para combinarlo, pero estamos en el país que mezcla Julio Jaramillo con alcohol y corazones rotos, así que ya nos hemos acostumbrado a los excesos. No hay una bandera ideal, depende del gusto particular y de lo que haya en el menú. En los cangrejales sí hay, pero no se estila pedirla porque uno no va por la variedad, sino por el rito.

Brazo gitano de cangrejo

‎Quien haya probado el enrollado de atún sabe de qué va esto, pero aunque el atún ecuatoriano sea el mejor del mundo, no hay punto de comparación. Lo más parecido al brazo gitano de cangrejo es la ensalada de cangrejo, pero la experiencia cambia radicalmente con la mayonesa y la mayor proporción de papa cocinada.

Ensalada de cangrejo

‎La forma más deliciosa de entrar en la historia de los récords mundiales es llegar a Naranjal (provincia del Guayas), disfrutar buena música, maravillarte con la destreza de los cangrejeros y comerte una o dos ensaladas, que son famosas por su sencillez: cangrejo, papa, tomate, lechuga, cebolla, pimiento y un ingrediente secreto. Guiness no da certificado de degustación del récord, pero no importa, si para eso están la memoria y las selfis.

‎‎Cangreburgers

‎Si es de la generación que conoce Fondo de Bikini, sabe que esa delicia despierta pasiones. De los expertos en prepararla en Naranjal, el cheff Leonardo Morán Fariño es el único que parece haber sido entrenado directamente por Bob Esponja. ¿Su secreto? Horas y horas de ver el programa de televisión, aprendiendo cada movimiento, cada maña, con los ingredientes precisos y sin espías que intenten quitarle la receta secreta.

‎‎No es fácil desbloquear todos esos platillos porque así como hay cangrejos de un solo hueco, también hay cangrejeros de una sola receta. El cangrejo criollo y la ensalada son apuestas seguras. Hay que buscar, preguntar en las zonas cangrejeras y dar con cheffs que tengan el toque mágico. Pero vale la pena buscar.

Guayaquil otaku: de la radio al Budokan

 Publicado en revista Mundo Diners 16.08.2025

Por Rafael Méndez Meneses

En Ecuador, los primeros otakus, amantes de la cultura popular japonesa, se reunían a ver anime en casetes de VHS. En 2025, la oferta incluye ferias, conciertos y programas de radio.

En los años ochenta, la comunidad otaku en Ecuador se concentraba en pequeños grupos. Con el tiempo evolucionaron a tribus urbanas específicas: gamers, cosplayers, coleccionistas, dibujantes. Fandom. Cada generación tuvo una 'nube voladora' que los llevó a historias más complejas, como la redención en Fullmetal Alchemist o los dilemas filosóficos de Neon Genesis Evangelion.

Hoy, el anime y el manga se multiplican como clones en Naruto, y los otakus, también. Para quien recién empieza, el catálogo puede sentirse tan inabarcable como buscar el tesoro del manga One Piece en un mar infinito.

Los otakus necesitan mapas, tripulaciones y puertos donde puedan comentar e intercambiar teorías. En Guayaquil, hay espacios donde estas conversaciones fluyen sin necesidad de explicar por qué la muerte de Sasha -protagonista de la serie Shingeki no Kyojin, dejó a medio planeta en lágrimas. Y uno de esos espacios es el Budokan.


El sueño otaku
En 2012, David Avilés se juntó con un grupo de amigos y organizaron una pequeña convención para compartir su pasión por el anime, el manga, y todo ese universo que los había maravillado desde niños, así nació el Budokan. Para 2015 tenían más de mil otakus sin poder entrar a sus eventos, porque el espacio les quedaba chico, y entendieron que esta iniciativa podía convertirse en un negocio sostenible.

A Avilés y a sus amigos les tocó especializarse por áreas, contratar expertos y trabajar con procesos y organización. Budokan creció como un Pokémon que alcanza su evolución final y ahora mueve unos dos millones de dólares al año. 

En sus eventos llenos de arte, figuras coleccionables y videojuegos, los gamers profesionales que compiten en torneos de e-sports como el Budokan-Celerity se cruzan con cosplayers cuyo sueño es ganar el Budokan para clasificar a certámenes como el World Summit Cosplay en Nagoya o la Yamato Cosplay Cup en Buenos Aires. 

Concierto de la banda japonesa Flow, en Ecuador.

Otros solo se empeñan en elaborar un cosplay bonito para ir a pasear en el Bankai, un evento gratuito que Budokan organiza junto a Mall del Norte de Guayaquil y Plaza las Américas en Quito.

David, que era un adolescente al iniciar este sueño del que ahora es su gerente general, cuenta que el Budokan es un espacio seguro, inclusivo, donde puedes ser tú mismo. “En ese sentido, nos gusta recordar el sentido original de “otaku”: alguien apasionado por un tema. Ojalá todos tengamos claro qué nos apasiona”.

Entre ondas y katanas
Si Budokan representa la energía presencial de la comunidad, la radio ha sido su eco permanente. Desde 2001, Carlos Oyola Gallardo ha promovido la cultura japonesa con Japanipop, programa que nació junto a Christian Andrade y Ernesto Oporto; los nombres y formatos cambiaron, pero el espíritu se mantuvo. 

Hoy sigue difundiendo anime comics y videojuegos con Japanipop en la 96.9 FM. a la vez que conduce LVL1 Level One, un programa multifandom en Radio R 98.1 FM, acompañado de un equipo que combina frescura y experiencia, en un espacio donde suenan desde el j-pop hasta el k-pop, pasando por el j-rock. 

Carlos ha conversado con figuras que para un otaku son leyendas vivas: Nolan Bushnell, cofundador de Atari; René García y Mario Castañeda, las voces latinoamericanas de Vegeta y Gokú; Bin Furuya, el Ultraman original; o Capitán Memo, que convirtió en himnos las canciones de programas como Capitán Futuro y He-Man.

Para Carlos, no hay edad para ser parte de este viaje. Se imagina a sí mismo, ya mayor, jugando Yu-Gi-Oh! con la misma dedicación con la que hoy otros juegan una partida de cuarenta. Sueña con recorrer las calles de Akihabara, visitar convenciones en Japón o Ecuador y escuchar a los podcasters otaku que sigan su camino. No importa la edad que tenga. Como dice al hablar de gamers, aquí no se envejece… solo se sube de nivel.