lunes, junio 01, 2026

Íñigo Pirfano: una batuta en la ciudad del sol mayor

Publicado en revista Mundo Diners 01.12.2025

Por Rafael Méndez Meneses


Imagínate a Íñigo Pirfano —un filósofo vasco que también es maestro de orquesta— estacionado en alguna calle de Guayaquil, ciudad que Jorge Enrique Adoum bautizó como la “capital del ruido”. Pirfano ofrece música clásica en un escenario urbano donde los parlantes lanzan reguetón a los andantes, los pitos ponen el ambiente y el calor llega en sol mayor.


Allegro

Donde sea que te pares en Guayaquil, el silencio es un lujo. Lo saben los vecinos que duermen con ventilador al máximo para hacerle contrapunto a la música del barrio; lo saben los choferes que convierten a los semáforos en cómplices para atacar al conductor de adelante; lo saben las palomas que sobreviven a los parlantes y tenores que ofrecen a capela agua bien helada. Y en medio de ese caos aparece Íñigo Pirfano, director de orquesta vasco, filósofo de formación y melómano por herencia, empeñado en que esta ciudad que sudoriza cualquier intento de solemnidad también escuche a Mozart y a John Williams.

Recorrió el mundo como director invitado en un sinnúmero de orquestas sinfónicas, como director de la Orquesta Académica de Madrid que él mismo fundó y como maestro de A kiss for all the world, una iniciativa que llevó la novena sinfonía de Beethoven a grupos vulnerables de lugares tan impensables como hospitales y campos de refugiados. Además, hizo música para los largometrajes El sudor de los ruiseñores y Abuelos, escribió libros en los que reflexiona sobre la música y fue speaker para importantes iniciativas europeas y latinoamericanas. Estuvo a punto de dirigir la Orquesta Sinfónica de Guayaquil en 2017, pero terminó en Loja, hasta que al fin se dieron las cosas y se instaló en la Orquesta Sinfónica de Guayaquil (OSG) en 2023. Para entonces ya era cercano a los músicos.

“Mi relación con la orquesta empezó antes y, por eso, Guayaquil siempre ha tenido un encanto especial. En Latinoamérica me he movido por casi todos los países, pero esta es la primera ciudad en la que yo había hecho un grupo de buenos amigos”. También explica que se pegaba sus escapadas a Guayaquil para tocar y allí pasó lo que suele pasar: la ciudad lo sedujo y se convirtió en un reto a superar, porque no quería enfocarse solamente en el público que ya conoce la música académica.

Conquistar nuevos públicos fue la consigna desde el principio. Íñigo quiere que la OSG sea “de cada guayaquileño y guayaquileña”. En ese sentido, está contento con la inclusión del barrio, la gente del sur que llega a disfrutar la programación que se lleva a cabo en el Centro Cívico, lugar donde ensayan y tienen sus oficinas. Ahí está su ironía favorita: traer Wagner y Haydn a donde más suena Wisin & Yandel. ¿Cómo lo está logrando?

Solo tuvo que combinar, como guayaco que improvisa una buena bandera de encebollado con guatita y cebiche. La programación mensual que decide como director artístico de la OSG puede incluir un ballet clásico, una noche de bandas sonoras de cine y salsa sinfónica. A primera vista parece eclecticismo caprichoso, pero es pedagogía básica: mostrar que la música no es un palacio pipirisnais de gente con el pelo engominado, sino un refugio capaz de convocar al vecino que nunca pisó un teatro, pero saldrá con otro universo en su corazón. 

La palabra clave en Pirfano es “servicio”. No servicio en el sentido servil, sino en el de entrega: a la partitura, a los músicos, al público. Por eso rehúye la imagen del director como pequeño dictador de batuta. Prefiere el gesto que llama y convence, no el que amenaza. Ese estilo de liderazgo, claro, descoloca a quienes esperan al maestro malhumorado que detiene el ensayo para gritarle al contrabajo. En Pirfano no hay berrinche. Hay, en cambio, algo de paciencia franciscana, una especie de pedagogía basada en la confianza. En sus ensayos, es más común escuchar frases como “Nos falta un poco de power” o “Necesitamos un poco más de intensidad”. Siempre nosotros, porque es el esfuerzo colectivo lo que lleva a la grandeza, sobre todo en una ciudad tan plagada de bemoles como Guayaquil.

Si algo aprendió de sus conversaciones con los panas —hoy compañeros de orquesta— de la ciudad a la que vino a vivir, es que hay que saber adaptarse, desafiar el ruido y bajarle un par de rayitas a la furia. Con su compás vasco, el director invita a Guayaquil a aguantarse un chance, tomar aire y escuchar.

Adagio

En el Ecuador las cosas son diferentes para los integrantes de orquestas sinfónicas. En otros países el director titular de una orquesta firma por una serie de conciertos al año, entre el 60-65 %, y el resto del tiempo lo tiene libre para dirigir como invitado. Pero acá las orquestas son instituciones públicas y los músicos, incluido el director, son funcionarios públicos. Además de director de la orquesta, Íñigo es director artístico: lleva la batuta y se encarga de armar una programación que compite y se complementa con los conciertos de jazz, las convenciones de otakus, el cine, las farras, los recitales de poesía, el fútbol y el teatro del puerto. 

Para dejar listo un concierto, ensayan unas veinte horas. Las óperas, al ser más complejas por requerir el trabajo actoral y escénico, necesitan unas dos semanas de preparación, y es allí donde se siente su presencia. Las notas están escritas en la partitura, pero el “espíritu” de la obra no lo está. Íñigo explica que “las notas son, por así decir, letra muerta. Tienen que revivir en ese acto de recreación en el que consiste la interpretación musical. Como decía el gran Herbert von Karajan: ‘Señores, ya tocan las notas correctamente; ahora llénenlas con vida’. Esta es la fascinante —y difícil— misión del director de orquesta”.

Antes de la presentación, se encierra en su camerino en silencio absoluto y se apropia de la ideología que movió a los autores antes de salir a cada presentación y encauzar las personalidades de cada músico de su orquesta para darle al público una experiencia memorable. Y cuando llega el momento, el espectador recibe todo. No hay tiempo para el celular, para tomar fotos ni para fijarse en lo que hacen los demás espectadores. Solo hay el sentimiento colectivo de estar ante algo que trasciende el ego.

“Lo bueno que tiene la música —la gran música— es que emociona… Las personas que conocen bien estos repertorios vienen a los conciertos sabiendo exactamente lo que les espera. Los que no la conocen bien —incluso los que asisten por primera vez a un concierto— descubren en muchos casos la hermosura y la grandeza de estas obras y comienzan a interesarse por ellas. La gran música da respuesta a las inquietudes de los seres humanos de todos los tiempos”. Ese encanto, ese silencio del público, se rompe al concluir cada presentación. Resuenan los aplausos. El director se retira, pero la insistencia del público lo trae de vuelta al escenario para agradecer. Es parte del show.

Scherzo

Íñigo lo sabe: “La gran música nos habla directamente al corazón”. Guayaquil no dejará de ser bulliciosa o violenta por escuchar a Tchaikovsky, pero tal vez se permita un respiro. Algún día disfrutar una sinfonía dejará de ser privilegio de clase. Al salir al camello, habrá más probabilidades de escuchar a Mahler en la Metrovía, que de terminar malherido en un asalto. Las únicas fugas en la vía a Daule serán las de J. S. Bach; todos reconocerán la novena de Beethoven, y sabrán que no es un sambernardo.

El problema es que la cultura y el arte no venden. Íñigo advierte sobre ese riesgo: “Si no inviertes en cultura, sabiendo que siempre va a ser deficitaria, estás de alguna manera traicionando lo más elemental que es la dignidad del ser humano”. Para eso hay que sacudirse el cortoplacismo, entender que hay frutos que saborearán nuestros nietos. 

En estos tiempos de música simple y minimalista, él conspira para elevar los espíritus guayacos con soundtracks inolvidables, en conciertos que deben repetirse porque el Centro Cívico les queda chico a los fans de Harry Potter que acaban de descubrir la magia. Sin varita pero con batuta, Íñigo Pirfano une escenarios, tiempos y culturas. Hace de la música un lugar seguro.

Finale

El maestro estudió Filosofía antes de dedicarse a la música y eso le ha ayudado a penetrar en el sentido profundo de lo que hace, con un acercamiento riguroso y reverente al texto musical. Es un defensor del pensamiento crítico y cree en eso de llegar al contenido filosófico de un texto y mostrar ese mensaje imperecedero. Cuando se le pregunta a qué director le habría gustado disfrutar en un concierto, menciona a Gustav Mahler y a Bruno Walter, su discípulo. “Son unánimes los testimonios de las personas que los vieron dirigir. Su manera de comunicar el contenido profundo de la música —sincera, entregada— convertía esos conciertos en experiencias irrepetibles”.

Lo que sí se repite es la historia. El mundo roza la barbarie cada tanto. “Mahler ya vio todo lo que se avecinaba y lo plasmó de manera desgarrada en sus obras. Su música nos recuerda que nos hemos hecho adultos prematuros y que, a partir de ese momento, las cosas nos han empezado a ir mal. Cada ser humano ha de luchar por recuperar al niño que algún día llevó dentro: abandonar el narcisismo, la arrogancia, la violencia, para mirar el mundo con asombro y agradecimiento”.

Íñigo parafrasea a Dostoievski para mostrar su convicción: la belleza —y tal vez solo ella— salvará al mundo. Y en esto no debemos transigir, pero el cambio cultural no se enciende con un botón, requiere arduos ensayos y que cada quien se esmere desde su lugar en esta orquesta que es esta ciudad puerto.

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