La primera convocada fue Alicia Yánez Cossío, que disfrutaba su retiro leyendo a las voces de cantera. Cuando la comisión tocó la puerta, ella la entreabrió con cautela. Miró al director técnico Benjamín Carrión y a su asistente Miguel Donoso Pareja, enviados por la Federación Literaria Ecuatoriana y dijo:
—Sé que vienen a convocarme.
La citaron para la concentración y ya en el auto de regreso se dieron cuenta de que, como buena defensa central, ni siquiera los había dejado pasar.
Con semejante capitana, todo el mundo trató de mover sus influencias para estar en la selección. Llamaron Ministros, compañeros de chupa, primos lejanos. De haber sido por ellos, habríamos tenido a la generación decapitada en la delantera, incapaz de hacer goles de cabeza, y a los Sicoseo deambulando por la banda izquierda. Pero así no se arma un equipo. A pesar de las protestas de los defensores del realismo social, el profe Carrión llamó a un grupo de 26 que pocos esperaban. Los de La mosca zumba protestaron por la ausencia de Gustavo Garzón, cuyo nombre había desaparecido de la lista de forma brutal, como el rasgar de un fósforo.
La convocatoria de Ana Cristina Barragán incendió las redes. “Ahora convocan guionistas”, gritaban los Tzántzicos, resentidos por quedar Fuera del juego. “Mañana convocarán tuiteros”, resumió Alfredo Pareja Diezcanseco en su cuenta de X. Pero Barragán se había pegado a la banda derecha como una Hiedra. Su incorporación era estratégica, menos draskoviciana de lo que parecía. Lo entendieron después al verla narrar el espacio. La izquierda fue para Jorge Carrera Andrade, pero no faltó quien dijera que había zurdos más zurdos que él.
Por el contrario, César Dávila Andrade fue el golero indiscutible por su Arco de instantes. Llegó casi invicto, vencido solo por el espacio. Cuando le preguntaron por los rivales, dijo:
— Nuestros encuentros no tienen / número ni punto.
Debutamos contra Curazao. Partido raro. La oralidad caribeña era difícil de marcar, pero Jorge Enrique Adoum hizo su magia. Marcó tres goles, marró cuatro y celebró nueve. Al ver el marcador final, solo dijo “No son todos los que están”. Luego vino el partido contra Costa de Marfil, Ahmadou Kourouma llegó con su prosa afilada, pero José Martínez Queirolo lo paró siempre. El caribeño trató de fingir faltas, pero nadie le hace teatro a Pipo. Eliécer Cárdenas salió Del silencio profundo de la banca y marcó un gol que celebró mirando al cielo, como siempre. En el descuento, Pablo Palacio devoró el área chica y marcó sin que nadie se diera cuenta. Bernard Dadié, el arquero marfileño, se enteró del puntapié de gol en la prensa local:
—¡Chaj! ¡Chaj! ¡Chaj!
Y mil lucecitas cosían las tinieblas.
El revés fue contra Alemania. Herta Müller flotando junto a Goethe detrás de la Mónica Ojeda. Marx se apropió del balón. Brecht se convirtió en la excepción de la regla. Se distanció de Martínez Queirolo y marcó un agónico tanto que nos puso en segundo lugar del grupo. Desde la tribuna de prensa, Rubén Darío (Insúa) decía:
—El Canon. Siempre el Canon.
Le hablaba al camarógrafo, que no sabía qué lente usar.
En dieciseisavos, enfrentamos a Noruega. María Fernanda Heredia despertó al viento y bloqueó a Sigrid Undset cuando la veía de ida. Ibsen sucumbió ante Mónica Ojeda, que gracias a los pases perpetuos de Raúl Vallejo marcó un doblete y puso a volar a todo el país. Knut Hamsun llegó con hambre de gol, pero Carrera Andrade lo dejó con hambre planetario. Él y Alicia Yánez Cossío acumularon tarjetas de biblioteca por libros que no habían devuelto. También perdimos a Joaquín Gallegos Lara, lesionado dos minutos después de entrar a la cancha.
En octavos, Brasil llegó herido: sin Clarice Lispector ni Jorge Amado, y con el profe Roberto Piva paranoico e improvisando una delantera demasiado artística para un Mundial: Caetano Veloso y Chico Buarque en la delantera y Paulo Cohelo de armador, pero nunca recorrieron el camino del arquero. Gabriela Alemán amagó con historias de leves engaños y Humo a Conceição Evaristo. Sonia Manzano sorprendió al entrar como un ave que todo lo atropella y marcar un gol de taquito. Nada mais.
Los cuartos de final se jugaron en Miami y nunca se habían vendido tantas camisetas y libros de autores ecuatorianos. Desde reediciones hasta “libros perdidos” de editoriales piratas, no había nadie que no se supiera de memoria “El zaguán de aluminio”. Una versión moderna de “El alma en los labios” se convirtió en el himno oficial de la selección y pasaron las pelis de Ana Cristina en cadena nacional.
Ecuador enfrentó a Inglaterra. En cuanto sus jugadores salieron a la cancha, todos tragaron saliva. ¿Quién no le teme a Virginia Woolf, Mary Shelley o J.K. Rowling? Les faltaban la goleadora Agatha Cristie, Geoffrey Chaucer y Oscar Wilde. Pero tenían a Charles Dickens, George Orwell y Kae Tempest, que se ganó el corazón de los más canónicos al hacer un gol de palomita. Pero sobre todo, tenían el arma más letal: el canon.
A los cinco minutos, William Blake madrugó al guardameta debutante Jorge Icaza, que había convertido el área chica en su huasipungo. Saltó a las gradas a celebrar, gritando “Tyger Tyger, burning bright”. Al rato, Shakespeare simuló una falta que terminó en la expulsión de Martínez Queirolo. “Much Ado About Nothing”, gritó el inglés al ver salir a su rival, lo que propició un conato de pelea entre ambos. Todo se descontroló. Yuliana Ortíz se ganó una amarilla en la gresca, y en el segundo tiempo fue expulsada por responderle un empujón a Zadie Smith. Pitazo final y al Ecuador se le cayó el alma al piso. Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. Mientras los ingleses celebraban y Lupe Rumazo trataba de explicarlo todo en una carta larga sin final, Adoum solo atinaba a gritar:
—De qué carajo sirvió todo el amor, sobre todo si después de todo llegaron las explicaciones.
En las gradas, resignado por no haber sido tomado en cuenta, Fernando Artieda con una botella de trago en la mano temblorosa decía
ahora solo nos queda Barcelona
ahora solo nos queda Barcelona.


No hay comentarios:
Publicar un comentario