lunes, junio 01, 2026

Barrio Chino (made in Guayaquil)

Publicado en Revista Mundo Diners 01.01.2026

Por Rafael Méndez Meneses


El centro de Guayaquil renace con el Barrio Chino que mezcla historia, memoria y comercio para darle otro ritmo al corazón de la ciudad.

Bajar por la calle Sucre hacia el Malecón es atravesar varias épocas de la ciudad en pocos pasos. La avenida se despliega entre taxis, vendedores de chuzos y turistas, pero frente al Museo Municipal flota un aroma a wantán frito y reinvención. Es el chifa Asia, un lugar que William S. Burroughs había descrito como un burdel de 1890 cuando pasó por el Ecuador buscando ayahuasca. Pero su mala onda es comprensible. El viajero que no soporta el calor no puede disfrutar el té, y Guayaquil no se deja entender a primera vista por su tendencia al desorden, ese que mantiene todo en reinvención perpetua.

Más de setenta años después, una noticia corrió como pólvora: el alcalde Aquiles Álvarez anunció la construcción del Chinatown en cinco cuadras de la calle Sucre, entre el Malecón y Boyacá. Un corredor peatonal para gozar la ciudad sin prisas, hacerse una selfi delante de los arcos, admirar murales y tomarse un vaso de agua de coco bajo los árboles que dibujarán un paisaje urbano nuevo y festivo. “Va a prender el centro, eso también es reconstruir el tejido social”, dijo Aquiles. En su comentario late la promesa de una ciudad abierta, donde locales centenarios comparten espacio con tiendas de tecnología, bazares y panaderías. Uno podrá perderse como si estuviera en un bosque de la China, y no hará falta brújula para recorrerlo, solo curiosidad. 

La primera vez que Thommy Wong habló de un barrio chino en Guayaquil, muchos pensaron que era una idea romántica, casi imposible. Pero para él, ahora presidente del comité de este barrio y descendiente de inmigrantes llegados al puerto hace décadas, era más bien una deuda pendiente con la historia. “La migración china tiene más de 150 años en Guayaquil. Y siempre ha estado aquí, en el centro, entre el Malecón, Sucre y Boyacá, justo donde se concentraba el comercio y el gobierno”. No son los únicos. También hubo comerciantes y aventureros españoles, italianos, alemanes, libaneses y toda la diversidad imaginable en una ciudad puerto. Algunos siguen en la zona, pero todavía no se han planteado tener su propio barrio con identidad de origen.

Wong cuenta que el proyecto no busca levantar un barrio nuevo, sino recuperar el que ya existe, donde permanecen 107 locales cuyos dueños son chinos o descendientes de ellos. El proyecto, explica, fue concebido como un Corredor Turístico Multicultural Asiático. “No queremos un barrio solo de chinos y para chinos, sino un espacio donde se mezclen las culturas”. Para él, lo mágico de un paisaje de faroles rojos y luces cálidas es que allí servirán tanto guatitas como chaulafanes, los guayaquileños aprenderán a negociar en mandarín y los chinos recién llegados sabrán cómo pedir bollo con cocolón en español.

La idea no es solo gastronómica o estética, también busca reactivar el corazón de la ciudad. El corredor se extenderá desde el Malecón hasta Boyacá, con calles peatonales adornadas con lámparas, dragones y figuras tradicionales, incluso en la estación de la Metrovía y en los muros vacíos que claman por vestirse de arte. Wong lo describe como una especie de parque temático urbano, con locales abiertos hasta la noche y espectáculos espontáneos: malabaristas, músicos, grupos con trajes rojos y dorados que aparezcan de pronto entre los comensales. “Queremos que sea un lugar donde siempre esté pasando algo”.

Wok this way

Guayaquil fue una ruta, no de caravanas con camellos, sino de barcos y contenedores para chinos que traían mercancías y recuerdos. Los primeros inmigrantes cruzaron el charco desde Guangdong, Macao y Cantón. Solos, escondidos, a veces cambiando nombres y enfrentando enfermedades tropicales, con la única brújula de la esperanza. La ciudad fue puerto y hogar, y su centro se convirtió en un microcosmos donde la memoria se palpa en cada negocio.

Sin hablar ni entender bien el español, su idioma era el comercio. En sus pulperías compraban plumas de garza a Chancho Rengo, el personaje del cuento de Joaquín Gallegos Lara, y vendían almohadas y sedas a nuestros bisabuelos, que entraban kunfundidos por la muralla lingüística, pero salían sonrientes entre ademanes y señas. Esos gestos torpes de ayer ahora son danza cotidiana. Entre una mano que ofrece y otra que recibe, Guayaquil descubrió su propio yin y yang entre la ganancia y la amistad, entre el arroz con pollo y el chaulafán. Lo que empezó como trueque de palabras se convirtió en intercambio de universos.

En los días que corren los ciudadanos de China también importan cultura. Junto con la mercancía, fluyen la música, el cine, la medicina tradicional, el taichí y el kungfú. En pocas décadas pasaron de copiar baratijas a inventar el futuro y exportarlo con naturalidad: un smartphone fotografiando un chaulafán humeante, un dron filmando el jabalí de bronce del malecón, mientras los niños compran Labubus en Bahía Mall.

Todos los barrios chinos son hermosos, pero no todos son iguales. En Lima los pasillos del Jirón Capón invitan a andar sin descanso; en Buenos Aires la vía viva ofrece una gastronomía ecléctica en la que el chaw mien compite con el choripán; en La Habana, los descendientes de inmigrantes de Cantón mantienen celebraciones y costumbres que perduran en el tiempo, y en San José se percibe un Chinatown moderno que combina comercio, cafés de fusión y tiendas de té superinstagrameables. Todos son parada obligada para turistas que siempre encuentran algo nuevo. Eso es lo que buscan también para Guayaquil.


Siento Asia llamando

Desde noviembre de 2024 el Comité Barrio Chino, que encabeza Tommy, trabaja junto al municipio en un plan que nació como piloto: cuatro festivales —en mayo, junio, julio y octubre— sirvieron para medir la respuesta del público. Las cifras fueron elocuentes: cinco mil asistentes en el primero, quince mil en el segundo y más de veinte mil en el tercero. “El centro estaba vacío después de las seis y media de la tarde. Con el Barrio Chino queremos que vuelva a tener vida de noche”.

Omaira Moscoso es parte del equipo que organiza esos festivales que se encaminan a la tradición. Para ella estos espacios celebran la memoria, la familia y los ritmos tradicionales de una nación que siempre tiene algo que dar al mundo. Omaira también ha impulsado ciclos de cine chino, cuyas funciones se convierten en cápsulas del tiempo. Los personajes, la música, los gestos y las comidas reflejan la vida de aquellos que llegaron buscando un futuro. Además, avanza la producción documental Dragones en el trópico, que narra la experiencia de la diáspora en Guayaquil. Detrás de los negocios hay una comunidad activa, con nuevas generaciones que se ganan sus espacios de reconocimiento, como el músico y actor Ren Kai, guayaco de padre chino que fusiona el C-pop con el sertanejo y el reguetón, construyendo un puente entre pasado y presente.

El último evento organizado por el comité fue el Festival de la Luna y, al igual que los anteriores, sirvió para confirmar que la comunidad china necesita un espacio de encuentro, no solo para los chinos. También expusieron grupos de migrantes venezolanos, el Consulado de la Federación Rusa y emprendedores coordinados por la Empresa Pública de Acción Social y Educación (DASE) del Municipio de Guayaquil. Según sus estimaciones, asistieron unas quince mil personas. Nada mal para una semana en la que había un miedo particular a salir por la inseguridad que vive el país y la ciudad.

Este 2026 se espera tener el barrio chino en Guayaquil; el proyecto se encuentra en la fase de estudio y estaría ubicado en la calle Sucre entre Malecón y Boyacá.

En las paredes del restaurante Asia —comprado en 1945 por el papá de Tommy— sobresale un cuadro que un turista español envió desde Europa hace medio siglo. En la pintura el letrero del local brilla sobre la calle Sucre, entre Chile y Pedro Carbo. “Es el único que queda de aquellos primeros restaurantes chinos”, comenta Wong, como si el barrio entero sobreviviera en esa cuadra, esperando el momento de volver a encenderse con las señoras que dan entrevistas después de hacer taichí o los deportistas y adultos mayores que llegaron a comer, conversar, brindar y soñar con algo más institucionalizado, permanente.

El chifa, distinto de la comida china tradicional, se adapta a ingredientes locales y se convierte en un lenguaje propio. Cada cha siu bao, cada salsa picante o dulce cuenta historias de migración y convivencia, como en las películas de Wong Kar-wai, donde las escenas de comida son cápsulas de emoción y tiempo. Pero no todo es chifa. Más adelante, llegando a Boyacá, el maestro Leonardo Lee atiende en un local de dulces que huele a masa y a retorno. Sus baozis son legendarios y cada vez tiene más clientela otaku, además de sus amigos chinos que desean sentirse como en casa.

Los guayaquileños aprendieron a sobrevivir entre grandes murallas, alarmas y rejas, pero el Barrio Chino sorprende con la idea radical de salir otra vez a la calle y de cambiar las sombras por pirotecnia. Que el centro vuelva a ser un lugar para deambular entre tambores y murales instagrameables, y deje de ser el lugar del que uno huye a la carrera apenas se pone el sol. Más que disfrazar al centro con dragones de utilería, se trata de reconocer una historia que lleva más de siglo y medio entre nosotros. Aquí la gente viene a gozarla, progresar, conseguir la tecnología del futuro y, sobre todo, a comer rico. Tratar de cambiar la mala opinión del perezoso de William S. Burroughs es gastar pólvora en gallinazo. Forget it, William. It’s Chinatown.

No hay comentarios: