Publicado en revista Mundo Diners 27.12.2025
Fotos: Kira Méndez Calderón y cortesía Municipio de Guayaquil
En fin de año caminar por la 6 de Marzo (Centro de Guayaquil) es un ritual que involucra el griterío de la gente y el ruido de los carros que avanzan lento. Uno esquiva peatones, se toma selfis con el añoviejo que quisiera comprar, mientras los niños exigen el muñeco más colorido y el adulto calcula cuánto puede quemar sin 'incendiarse' el bolsillo.
Hay de todo: gigantes que superan los dos metros; medianos de molde que se replican por decenas; y los más económicos, de treinta centímetros, reciclados del año anterior: el Nemo que rechazaron el 2024 devino en tiburón Tralalero Tralala, referente del brainrot o podredumbre cerebral.
Los precios varían, pero siempre se puede regatear. Los pequeños cuestan tanto como un almuerzo, mientras que los gigantes alcanzarían para pagar la cena de fin de año. Son los que llevan a dar vueltas por la ciudad en el balde de la camioneta y provocan la envidia del resto del barrio. Pero no siempre fue así.
En el libro Los años viejos, Ángel Emilio Hidalgo destaca que la fuente más antigua de esta tradición habla de los misioneros en un rito que implicaba quemar representaciones de Judas. Para 1897, los cronistas hablaban de máscaras, procesiones y un pueblo que se inventaba fiestas encima de las cenizas del Incendio Grande que asoló la ciudad un año antes. Ese Guayaquil de los incendios siempre disfrutó del fuego.
Los añoviejos no tenían la pretensión artística que hoy exhiben los gigantes del Suburbio. Eran figuras rústicas, cuerpos sin anatomía y con la función clara: quemarse a medianoche para espantar la mala suerte. Bastaban un pantalón y una camisa rellenos de aserrín, y en vez de cabeza, cosían una media y le pintaban ojos.
El punto de quiebre llegó con el primer concurso organizado por diario El Universo. José Cruz Vallejo lo cuenta: “Mi abuelo Raúl creó el primer añoviejo de cartón y madera. A Velasco Ibarra lo montó en una carreta de burros. Fue una locura en la 9 de Octubre, porque era el único que movía la cabeza y la boca”. Ese concurso consolidó un estilo y la familia Cruz se volvió referencia, a tal punto que en los años posteriores hasta Jaime Nebot les encargaba los añoviejos. Además hacían caretas para los clientes que se quedaron con la tradición del aserrín y la ropa vieja.
Mientras embadurna en almidón las tiras de papel, Cruz aclara con esa sobriedad de artesano que no necesita discursos académicos para legitimar su oficio: “Nosotros le damos el nombre de años viejos, no monigotes. Para la gente antigua, la gente que sabe, este es añoviejo ¿Por qué? Porque se quema cada fin de año”. Y tiene razón. la RAE reconoce los términos añoviejo o año viejo, y el nombre también debe reivindicarse.
Ruta de gigantes
El municipio visibiliza la tradición con la Ruta de los Monigotes Gigantes. Veintiún piezas monumentales se podrán admirar hasta el 11 de enero, todas elaboradas por artesanos del suroeste. El mapa interactivo en línea permite ubicar cada obra, leer su ficha y planificar el recorrido, casi como quien arma un safari urbano de cartón piedra.
El convenio con los artesanos incluye un desembolso de más de veinticinco mil dólares, necesarios en un contexto donde el reconocimiento patrimonial avanza con la parsimonia de Flash, el perezoso burócrata de Zootopía que venden por treinta dólares a quienes no saben regatear.
En medio de este mapa cultural aparece José Salas Valdiviezo, el artista que coquetea con los museos sin abandonar la calle. Su propuesta para este año es una reinterpretación de Las dos Fridas, de Frida Kahlo: una pieza que puede ser leída por el transeúnte sin necesidad de sermones estéticos. El arte tropicalizado con desparpajo guayaco.
Joaquín Moscoso, Coordinador General de Cultura del municipio, resalta la dimensión patrimonial del fenómeno: “los años viejos y la construcción de los monigotes, asociados a todo el periodo de celebraciones por fin de año, forman parte del patrimonio cultural nacional. La municipalidad está generando la ruta para que los gigantes puedan ser visitados. Con eso se mueve la economía: caretas, viejos, churros y chicha resbaladera".
Pero donde unos ponen mapas, los vacunadores ponen tarifas. “Hace falta seguridad”, insiste Cruz. “Nos han robado materiales, se han llevado muñecos enteros y ya llegaron los vacunadores. El municipio ayuda, sí, pero no alcanza”. La tradición es patrimonio afectivo, no económico. Ha sobrevivido porque es popular, no porque sea protegida. Mientras moldean cartón, los artesanos se preguntan quién heredará la chispa cuando ellos falten. ¿Quedarán viudas que les lloren?
Tal vez por eso el testamento sigue vivo. Es el epitafio del año, el desahogo de la calle. Un complemento para hacer política sin estridencias. Y así, entre sarcasmo y tradición, el fuego se mantiene. Porque hay caridad para los añoviejos de Naruto en la 18. Porque hay artesanos que aún piensan que quemar es crear memoria. Porque el papá prefiere un añoviejo chiquitito del Groot devenido en Tung Tung Tung Sahur. Uno cuyas llamas purificadoras sean fáciles de saltar después de comer las uvas, mientras su hijita lo observa maravillada.


No hay comentarios:
Publicar un comentario