lunes, junio 01, 2026

Chloé Silva: 'contaminada' por la música y el teatro

Publicado en revista Mundo Diners 01.02.2026

Por Rafael Méndez Meneses

Desde Guayaquil para el mundo. Chloé Silva ha sabido tejer una red de colaboraciones artísticas que saltan de Alemania a México y que se mueven entre la música y el teatro. Nosotros le contamos su historia.

Chloé creció en una casa donde la música era ley. Sus padres, Marcelo Silva y Michelle Fougères, tenían una banda punk. “Mi mamá en teclados, mi papá cantando… un caos hermoso. A veces el ensayo era en la sala, otras en la cocina. No había silencio, solo ruido con propósito”. A los seis años ya grababa canciones por diversión, y más tarde el iPod que le regaló el papá la llevó a descubrir a Fiona Apple, Erykah Badu y Gustavo Cerati. “Fiona fue mi brújula. Escribe con el cuerpo, con lo que le duele. Me enseñó que las emociones también se pueden producir”.

Durante la pandemia se unió a José Rosero, un joven con oído preciso y curiosidad inagotable y lanzaron Too bad, su primer EP grabado con un celular y una laptop, en el que enmarcó su estilo en el  Pop Alternativo, Neo Soul y Lo-Fi R&B. Lo subió a SoundCloud sin muchas expectativas, y las reproducciones se multiplicaron. “Era el momento en que todos buscábamos no enloquecer. Muchos me escribieron para decirme que mis canciones los acompañaban, pero la verdad es que fueron ellos los que me acompañaron a mí”. 

También participó en tocadas virtuales, en las que nació su fandom, y colaboró con Biera, Paola Navarrete, Rosero y Leteléfono. Aprovechó el impacto para lanzar Commodium en 2023 y pegó con singles como I like it, I like it, Fantasmas en mi cama, Semantics y Commodium.

Con los conciertos presenciales aprendió a equivocarse en vivo, a reírse de sus nervios, a recibir el cariño del público cuando se baja del escenario para conversar y tomarse una selfi. “En un presentación, empecé cantando súper mal, muy mal.  O sea, me salían gallos horribles, y empecé a cantar durísimo, como gritando”. Esa actitud la tiene también en el estudio cuando improvisa y le sale algo que nadie esperaba, pero que encanta.


La música

Fuera del estudio, Chloé reparte su tiempo entre ensayos, talleres y sesiones de composición. Hace poco impartió uno sobre escritura de canciones. “No me gusta lo literal —dice—. No quiero que alguien me diga ‘estoy triste’; quiero que me describa cómo se siente. Como dice Fiona Apple: ‘La tristeza se siente como un segundo esqueleto tratando de entrar en tu cuerpo’. Eso me parece perfecto”.

Hay un ambiente de entusiasmo discreto en el estudio Paradox. Sobre la consola descansan botellitas de agua, el guión de una obra de teatro y cables que parecen víboras dormidas. En el centro, frente al micrófono, Chloé Silva ajusta sus audífonos, eleva la altura del soporte y canta un verso que todavía no termina de convencerla. La coach vocal Cris Alcívar la anima a probar medio tono más abajo. Chloé respira, cierra los ojos, y repite. Esta vez le pone magia y su voz suena más honda, más cierta, como si se hubiera alineado con algo invisible. El productor Juanjo Ripalda sonríe y ella entiende que lo logró.

Grabar una canción, al menos para ella, siempre ha sido más un ritual que un proceso técnico, y parece una síntesis de su carrera: llegar sin saber si será suficiente, probar, fallar un poco, reírse, volver a intentar, sonreír al ver el resultado. Y al final, encontrar esa nota que cabe en el lugar preciso y gustar. Gustar mucho.

Así ha sido todo desde el inicio: un aprendizaje constante con humor de por medio. “Soy muy perfeccionista —admite—, pero también sé cuándo algo tiene alma. Y eso no se corrige con autotune”. En la consola suena la última toma: la buena, esa donde la voz respira y se equivoca un poquito, pero sin dejar de emocionar. Chloé vibraba ahí: un poco punk, un poco teatro, un poco risa. Encontró su Merlina sin perder a Chloé.

La grabación la hizo durante la pausa artística en la que interpretó a Merlina en Los locos Addams, el musical dirigido por Jaime Tamariz. “Al principio pensé que no daba el tipo”, dice entre risas. “Pero luego entendí que Merlina no es solo una chica rara; es una observadora del mundo. Y un poco así me he sentido siempre”.


El teatro

La actuación le llegó por accidente. Ya la habían aprobado en un casting que aún no se filma, y luego llegó este proyecto. “No tenía ni idea. Fui al casting por curiosidad y pensé que me había ido pésimo. Pero me eligieron”. Desde entonces, los ensayos, coreografías y canciones se volvieron parte de su rutina. “Fue intimidante al principio, pero descubrí una pasión que no sabía que existía”. La música y el teatro empezaron a mezclarse, a contaminarse mutuamente. “Ahora canto como si actuara y actúo como si cantara. Es mucho más divertido así”.

La teatralidad, de hecho, la acompaña desde niña. En Carolina del Norte, su abuela la llevaba a ver musicales. A los once años ya se sabía Rose’s Turn —la versión de Bette Midler en Gypsy— de memoria. “Creo que esa fue mi primera clase de interpretación”, dice. “Ahí entendí que una canción puede ser una historia entera”.

Tiene confirmadas nuevas colaboraciones con Biera y Menino Gutto (Ecuador), Iden Kai (México) y Fabich (Alemania). Cuenta que se toma su tiempo con sus proyectos porque tiene claro que no se trata de sacar canciones de moda, sino de quedarse en la memoria de su fanaticada. Kira, una de sus seguidoras, cuenta que la escuchaba desde que no era famosa. Ha ido a sus conciertos, y está pendiente de sus nuevos temas porque sabe que los va a disfrutar aunque no tengan video promocional y campaña mediática.

Su nuevo proyecto musical marca un giro de libertad creativa. “Yo soy muy controladora —confiesa—. Me gusta que todo tenga un sentido conceptual, una estructura. Pero en este disco decidí soltar. Experimenté con géneros distintos, desde el pop ochentero hasta algo más house, incluso una canción que suena mucho a Cerati. Es como volver a esa versión de mí que no tenía miedo de probar”. Cada tema es una pequeña travesura: un ritmo que se desarma, una voz que se desdobla, una letra que no se toma demasiado en serio para decir cosas que llegan al corazoncito. 


Más sobre Chloé Silva

Nació en Guayaquil el 14 de julio de 1997.

‎Es nieta de Bernardo Fougeres, icono de la televisión ecuatoriana.

‎Debutó en la música a los 16 años con la banda uruguaya Madafaka.

‎Su primer EP Todo Bad fue producido en casa.

‎Además de Ecuador, ha vivido en Estados Unidos, Francia y Uruguay.

‎Sus primeros temas los hizo con la app GarageBand y los subió a SoundCloud.


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