miércoles, noviembre 23, 2011

Informales

Por Rafael Méndez Meneses
Revista La Otra #1

Al leer sobre el anuncio de equipar a los comerciantes informales de Quito con uniformes, credenciales y permisos, lo primero que pensé es que a los de Guayaquil deberían equiparlos con casco.
También deberían darles zapatos de correr, para cuando deambulen en “zona regenerada” ofreciendo al apuro su vaso ‘e cola a diez centavitos; o en caso de que les toque agarrar las cuatro esquinas de su pedazo de plástico lleno de baratijas, huir como almas que lleva el diablo y evadir los macanazos defensores del status quo.


Al menos no están tan mal como los invidentes, que hace pocos meses solo pudieron escuchar y oler la prepotencia de los metropolitanos que los rodearon para evitar que vendan sus productos, cosa que para los represores constituye un atentado contra el exitoso modelo de desarrollo local. Sitiadores y sitiados permanecieron allí durante horas, mientras los transeúntes observaban, pasaban de largo, protestaban, criticaban a los invidentes por jachudos, o admiraban la belleza de las palmeritas y adoquines para evadirse de esa realidad que a otros les toca vivir.
Y es que en el puerto principal nunca falta el tibio que manifiesta un temor reverencial al caos y al pasado vergonzante de las administraciones municipales precedentes. A veces dicho caos es una pared pintada por un grupito de hipsters, cuya libertad de expresión vale menos que la de los poderosos acostumbrados a imponer o evadir causas según su conveniencia, y a quienes debemos respaldar si así lo decide el redentor local. No es de sorprender que las víctimas del desempleo que tratan de sobrevivir el día de hoy, en navidad aparecerán como revoltosos cochinos que atentan contra el concepto de orden impuesto a toletazos en una ciudad portuaria que siempre ha sido plaza de informales, particularmente en navidad y fin de año.

Ese concepto de orden, que impone el glamour de los adoquines sobre la dinámica de la gente y coarta con pintura gris las iniciativas particulares, tiene defensores convencidos que siguen la corriente y nos recuerdan el basurero de antaño y el caos que las nuevas generaciones de electores nunca palparon. Defensores obnubilados por el “progreso” que llegó cuando adoquinaron el Malecón, el Centenario y los barrios que les siguieron hasta llegar a una pileta que dizque nos ha puesto a la altura de las grandes ciudades del mundo, aunque a veces y sin previo aviso, los cortes de agua nos hagan aterrizar en el vacío de los discursos que, luego de casi 20 años, no han soslayado las inequidades y contradicciones aún pendientes.
Es evidente que el comercio informal debe regularse, pero con diálogo y respeto. Solo así podremos hablar de verdadero progreso. En los últimos años se han organizado muchos comerciantes que piden diálogo, proponen cambios y esperan que todo mejore. No es que les guste el caos, se opongan al alcalde o respalden ciertos intereses políticos. Su prioridad es llevar la comida diaria al hogar. Hasta lograrlo, a algunos de ellos no les queda otra opción que jugarse el pellejo, esperando regresar a casa ilesos y con el pan para su familia. Para nosotros es más simple. Basta mirar hacia otro lado.
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