domingo, enero 30, 2005

los monstruos se alimentan del miedo

El columnista paracaidista
¿Y ahora, qué? (meditaciones de un tonto inútil)
Terminó la marcha, y cada uno de los que participamos era más guayaquileño que el otro. La verdad es que el discurso del mash alcalde estuvo algo flojo, pero ese no es el punto...

Cuando me regresaba con los chicos socialcristianos a quienes acompañé en la marcha y pasábamos entre los policías motorizados que la policía ubicó estratégicamente para insinuar que el asunto no es tan grave como se piensa (al menos no tan grave como en la época de Ricardo Sánchez, el pepudo Alejo... y no menciono a los Restrepo o a Consuelo Benavides para no ser redundante) Me pregunté ¿y ahora, qué? ¿entregará el Presidente más recursos para solucionar los problemas de Guayaquil? ¿Se solucionarán los problemas de Guayaquil gracias a ESTA marcha?

Si se pusieron a hablar de autonomía... ¿habrá sido esa la idea desde el principio? ¿exacerbar los ánimos de los guayaquileños, planteando una autonomía de la que no se habló en tanto tiempo, y por la que nada concreto se ha hecho en todos estos años? ¿para qué habrían de hacer eso? ¿para recuperar algo de legitimidad tal vez? ¿para medir fuerzas con el lucio? (vesa nota, debido a 1 lapsus calami -lapsus digitus será, pilas a los policías del idioma-, no puse su nombre con mayúsculas) ¿cuál será el próximo paso de las oligarquías? (las tradicionales y las relativamente advenedizas)

Pero la verdad es que no me importa lo que hagan o dejen de hacer. Lo importante, lo interesante será ver qué diablos va a hacer ahora la ciudadanía. Como dije antes, no hay sincronía con los quiteños, allá están protestando a favor de la constitución y en contra de la Corte de Facto (ES DECIR, SE PREOCUPAN POR TODO EL PAÍS, NO SOLAMENTE POR SU CIUDAD).

Ellos están siendo acusados de subersivos por el Presidente de la Corte Suprema, están siendo perseguidos, y hasta los periodistas que les hacen la cobertura son amederentados por desconocidos y por los de "Cero Corrupción" un movimiento que responde a los intereses del PRE, pero que utiliza la participación ciudadana, la máscara de movimiento social, para justificarse y para desprestigiar a los verdaderos movimientos cívicos y ciudadanos.

No es que le tenga mucho respeto al Montúfar, ya que en más de una ocasión he considerado que "participación ciudadana" es un nombre que le queda muy grande a su movimiento. Y los chicos de la Ruptura de los 25... buee... al menos en algo han sabido capitalizar la atención que les dieron los medios, cuando los utilizaron para que digan lo que ciertos periodistas no querían/podían decir.

¿Pero qué vamos a hacer acá en Guayaquil? ¿Será que en Guayaquil independiente nos damos cuenta de una vez de que en este momento histórico, la Constitución Ecuatoriana es un papel higiénico? ¿O nos vamos a quedar cruzados de brazos ante eso, debido a que no afecta nuestros intereses puntuales?

¿Qué opinan los guayaquileños acerca de la Corte de Facto?

Una de las chicas de la Ruptura de los 25 dijo en una entrevista: "los monstruos se alimentan del miedo..."

Si ya alimentamos el ego (tan venido a menos) de los socialcristianos ¿alimentaremos los guayaquileños a los monstruos que convirtieron nuestra constitución en un simple papel higiénico?


Mea culpa:
Esta es la primera vez que posteo acerca de este detalle, a pesar de que el problema es tan viejo que muchos ¡hasta se han olvidado del asunto!
Además de escribir, y dar mi opinión en un par de conversaciones superficiales (o profundas, da igual) no he hecho absolutamente nada.



El columnista invitado
Permiso para hablar
Francisco Febres Cordero (El Universo) Enero 30, 2005
pajaro@eluniverso.com

Saltan, gritan, chillan, patalean los nuevos miembros de la Corte Suprema de Justicia porque un grupo de ciudadanos se congrega diariamente frente al edificio en que funciona ese tribunal, para protestar y exigir la renuncia de los jueces espurios.

Prevalidos de su cargo, amenazan con enjuiciar a todo aquel que ose gritar que se vayan. Ellos, que fungen de jueces sin una ley que los respalde, se vuelven ahora guardianes de una Constitución a la que vapulearon, pisotearon, violaron. Ahora vociferan y maldicen a sus detractores que, de un momento a otro, verán que en su contra pesa una orden de prisión que se basa en delito de hablar, de protestar.
Miserables, miserables, miserables, grita el Coronel que gobierna el país, para calificar a los periodistas que le nombran según la dignidad que ostenta: dictador. Para él, los periodistas auténticos son aquellos que lo ensalzan, disimulan las trapacerías de su gobierno, soslayan sus equívocos, sus falacias, sus trampas. Todos los demás pasan a tener la categoría de miserables porque no se someten a sus designios ni aceptan engrosar el rol de pagos en que constan los diputados “independientes” que conforman la mayoría en el Congreso.

¡Deja de escribir pendejadas que te vamos a matar!, dijeron dos sicarios al periodista Orlando Pérez, mientras le encañonaban con una pistola a la luz del día, para luego perderse por las calles de la bravuconada, en la seguridad de que con esa advertencia el periodista dejará en blanco su columna de denuncias.

Con una avalancha de puñetes, piedras y patadas arremetieron unos encapuchados contra León Roldós, en los predios de la Universidad Central, donde el dirigente político concurrió a explicar los alcances de una consulta popular por él convocada. Apenas comenzó a exponer sus argumentos, dentro de un recinto en que se supone que está hecho para que allí impere la razón, ganó la fuerza y, con la fuerza, acallaron una voz que merece ser oída porque con ella se abren cauces para la discusión, para el intercambio de ideas, para la clarificación de conceptos.

¡Todos a callar!, parece ser la consigna de esta hora que cada vez más adquiere tintes intemperantes, con todo ese halo siniestro que tiene la intemperancia. Desde los más distintos ámbitos brotan las amenazas con que se pretende uniformar el lenguaje, para que este no sea discordante con el de aquellos que ostentan cualquier segmento de poder.

El puño, la pedrea, el insulto, la patada, el pistoletazo conforman el nuevo abecedario que se va imponiendo desde las más altas esferas, y con el que se pretende sojuzgar a quienes no están acostumbrados a cuadrarse y, haciendo sonar los tacones en señal de obediencia, solicitar: ¡Permiso para hablar, mi Coronel!

¿Permiso para hablar? ¿Permiso para protestar? ¿Permiso para opinar? Ya el pueblo de Guayaquil demostró el otro día que se puede hablar, protestar, opinar, sin tener que inclinarse ante nadie. Y quienes hayan sido víctimas de este perverso juego de la sinrazón que está vigente, saben que sus voces se seguirán escuchando cada vez más alto, conforme mayores y más salvajes sean los intentos por acallarlas.
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