jueves, agosto 18, 2005

Pelotón de fusilamiento

el cuentero de Muisne
Pelotón de fusilamiento

Aquel veterano era la voz que ordenaba disparar cada domingo a partir de las seis de la tarde en la gran prisión de las afueras de la capital. En otra época, la prisión había sido un monasterio, pero la gran cantidad de objetores de conciencia había obligado al dictador a decretar la adecuación de cualquier lugar que pudiera albergar a sus detractores.

La modernidad y el orden eran notorios en ese lugar. En las salas de espera, se aglomeraban todos los sábados los familiares de los desaparecidos. Cada uno recibía su respectivo ticket y pasaba a una sala de espera donde transmitían en pantalla gigante la propaganda oficial. Luego se dirigían a las ventanillas, donde una hermosa jovencita les explicaba con la mayor delicadeza que la dictadura había clasificado cualquier información como confidencial, así que era imposible informar; que regresara en una semana por si cambiaba el reglamento. Luego les tomaban las huellas y designaban a un agente, por si las moscas.

Para los más pequeños habían computadoras con conexión a Internet, pero casi todas las páginas estaban prohibidas. De hecho, sólo había acceso a los portales de la dictadura, de otras dictaduras hermanas, unos cuantos contratistas y las páginas para promocionar el turismo. Incluso la prisión tenía su página web. No había información de los presos, pero se podían ver las ejecuciones en tiempo real. Demás está decir que el sitio era muy popular. Un porcentaje mínimo de los visitantes pertenecían a grupos de derechos humanos, los demás eran ciudadanos comunes y corrientes que simplemente querían ver, sin ninguna razón aparente, las ejecuciones. Obviamente, la propaganda oficial atribuía la gran cantidad de visitas a la aprobación por parte del mundo a su “sistema de control paternal”.

Las ejecuciones se efectuaban en la terraza, ya que la playa constituía un marco ideal para que los testigos se fueran después a tomar unas cervezas con el director de la prisión. Además, los camarógrafos podían hacer tomas del atardecer en caso de alguna eventualidad.

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